I.
Prehistoria de amor
Diablos...
Tener que pensar, ahora, al cabo de tantos, tantísimos años, que en el fondo
fuimos mejores por carta. Y que la vida le metió a nuestra relación más palo
que a reo amotinado, también, claro. Pero algo sumamente valioso y hermoso
sucedió siempre entre nosotros, eso sí. Y es que si a la realidad se la puede
comparar con un puerto en el que hacen escala paquebotes de antaño y
relucientes cruceros de etiqueta y traje largo, Fernanda María y yo fuimos
siempre pasajeros de primera clase, en cada una de nuestras escalas en la
realidad del otro. Esto nos unió desde el primer momento, creo yo. Y también
aquello de no haberle podido hacer daño nunca a nadie, me imagino.
¿Qué nos faltó, entonces? ¿Amor? Vaya que no. Lo tuvimos y de todo
tipo. Desde el amor platónico y menor de edad de un par de grandes tímidos
hasta el sensual y alegre y loco desbarajuste de los que a veces tuvieron sólo
unas semanitas para desquitarse de toda una vida, pasaría contigo, desde
el amor de un par de hermanitos nacidos para quererse y hacerse el bien
eternamente hasta el de un par de cómplices implacables en más de un asalto de
delincuentes, y desde el de un par de jóvenes enamorados incluso del amor y de
la luna hasta el de un par de veteranos capaces de retozar aún en alguna remota
isla bajo el sol, no me importa en qué forma, ni dónde ni cómo, pero junto a
ti... O sea que vaya que tuvimos amor de todo tipo y tamaño, pero siempre
del bueno, esto sí que sí.
Cierto también es que nuestra lealtad fue siempre limpia y total,
aunque aquí hay que reconocer, cómo no, que muy a menudo actuamos como dos
jugadores en la misma cancha que juegan dos juegos diferentes con la misma
pelota. Y quién puede negar ya, a estas alturas de la vida, que lo que nos
faltó siempre fue E.T.A., es decir, aquello que los navegantes de aire, mar y
tierra suelen llamar en inglés Estimated time of arrival. Porque la gran
especialidad de Fernanda María y la mía, a lo largo de unos treinta años, fue
la de nunca haber sabido estar en el lugar apropiado ni mucho menos en el
momento debido.
O sea que jode, realmente jode, y cómo, tener que reconocer que
fuimos mejores por carta. Con lo cual, por supuesto, también lo mejor de mí ha
desaparecido para siempre, en gran parte. Sí, que quede muy claro: encima de
todo, desapareció para siempre, casi una década de lo mejor de mí mismo. Y es
que me morí un montón y por los siglos de los siglos desde el día aquel en que
unos negros jijunas te asaltaron en Oakland, California, Fernanda Mía, y entre
otras joyas de la corona alzaron en masa con unos quince años de lo menos malo
que hubo en mí, según me contaste tú misma, Mía, en esta carta que me enviaste
desde Oakland, sabe Dios en qué fecha pues olvidaste ponerla, porque en aquel
momento no sabías ni el día en que vivías, pero que a juzgar por el contexto, o
nuestro contexto, mejor dicho, debe ser de principios de los ochenta:
Querido Juan Manuel
Se ha interrumpido por completo
el circuito. Debido a varias cosas. En primer lugar, me robaron tus cartas.
Bueno, me las robaron porque guardo la colección entera en un bolso inmenso y
unos espantosos gorilas (tamaño y color, quiero decir) me asaltaron en la
calle, quitándome el bolso, mi lindo anillo de brillantes que era de mi abuela,
unos collares de oro que tenía puestos, y un reloj. ¡Imagínate qué barbaridad!
Me dio tanta cólera que salí corriendo tras ellos, y por suerte, porque
mientras ellos corrían se les cayó mi billetera que tenía mis documentos. Por
lo menos no perdí los documentos. Pero me quitaron bastantes cosas. Llamé a la
policía pero no han podido encontrar nada. Esto desde hace ya meses. Lo único
que me dijeron es que estaba loca de correr detrás de ellos y que por suerte no
los alcancé. Efectivamente no hubiera podido hacer gran cosa contra tres
negrotes horribles. Pero ya tú sabes que con cólera no piensa una en eso. Sólo
tenía ganas de pegarles.
Bueno, por lo menos no me pasó
nada, personalmente, aunque perdí bastante. Hay gente que sale peor, o sea que
además de robarles también les pegan o algo. En este caso, más bien era yo la
que tenía ganas de pegar. En esto pasó el mes de agosto, y entre todas las
cosas que se perdieron se fueron tus cartas. Me desconsolé tanto que me quedé
muda, por lo menos epistolarmente.
Ahora, para comenzar de nuevo,
quisiera saber si al fin te llegó a Lima un libro de poesía de D. H. Lawrence
que te mandé con una pareja de gringos. Por tu silencio al respecto, parece que
eso también se perdió. Lástima grande porque era un lindo libro y muy completo
y que por ahí, muy como quien no quiere la cosa, terminaba hablando de
nosotros, como si el señor Lawrence nos hubiera conocido desde niños. Fíjate
nomás que nos compara con los elefantes, mi querido Juan Manuel. Y fíjate
también que tiene un montón de razón, porque nos describe igualitos, ya sólo
nos falta la trompa. Con qué derecho y con qué sabiduría, aunque esto último es
más bien un reconocimiento a don David Herbert.
¿Cómo terminó tu estadía en Lima
y cómo fue tu regreso a Francia? ¿Y en qué caminos andas? Estoy atrasadísima de
noticias. Te cuento lo mío, que no ha variado mucho desde que te escribí la
última vez, salvo por lo de tus cartas adoradas y adorables y las últimas joyas
que quedaban en la desgraciada historia de mi familia, creo.
Todavía estoy aquí en California.
Con trabajo ahora y los niños ya hablando inglés, pero siempre con grandes
dificultades de adaptación y una soledad de la puta madre. Hace ya tanto tiempo
que no le veo la pálida cara a la soledad que casi la había olvidado, pero ella
siempre la espera a una a la vuelta de la esquina.
Sin embargo, no tengo mucho
tiempo para pensar en todo esto. Corro y corro y corro todo el día. En la
mañana corro a dejar a los niños al colegio, corro a la oficina, corro en el
trabajo, corro para almorzar, recoger a los niños en la tarde, llegar a casa,
bañarlos, hacer la cena, limpiar o medio limpiar la casa, acostar a los niños.
Y entonces ya estoy tan cansada que corro y me acuesto a leer y a dormir.
Realmente, no es un panorama de lo más exaltante, y como podrás imaginarte, no
sé si va a durar mucho este asunto de la Gran Independencia. Es más bien una
Gran Joda, pero en cierta manera me siento más tranquila, y a veces me divierto
mucho también de ver cosas nuevas y por un momento me siento ya casi tan bien
como Tarzán en el momento de tirarse al agua.
Pero, hoy por hoy, pienso
seriamente si no sería mejor simplemente volver a casa en San Salvador, con o
sin guerra. O incluso volver con y donde Enrique en Chile, con o sin Pinochet.
Por qué diablos termino saliendo siempre yo disparada de todas partes si en
Chile el de izquierda —y apenas— era Enrique y en El Salvador el platudo de
derechas —y del todo, ahora sí— era sólo un tío mío, antipático e invisible en
la familia, además.
Enrique sigue en Chile, ya sabes
que tuvo que volver cuando se enfermó su mamá, que sigue mal y en tratamiento.
Él hizo una exposición de sus fotografías, hace poco, y dice que está buscando
empleo en la universidad pero que todavía no se le presenta nada. Parece que
quisiera recuperarnos. El pobre. También ha de sentirse solo, aunque allá en su
país tiene a su familia y muchos de sus amigos y exposiciones y aprecio. Todo
eso cuenta y estoy feliz de que haya regresado a su tierra, adonde las cosas
tienen siempre más sentido.
Escríbeme por favor. Me gustaría
mucho recibir tus cartas y verte si vienes de nuevo por aquí pronto. Decías que
en febrero vas a viajar a Texas. ¿Todavía está en pie ese viaje? Porque lo que
es tú y tus canciones siempre acaban en los lugares más insólitos.
Vieras, hermano y amor mío, cómo
he estado de bien y de optimista y de repente todo cambió hace muy poco, hace
como diez días que se me desinfló el ánimo y no logro salir de lo que parece
ser una depresión, yo que creía que estaba exenta de esos males. Me gustaría
correr y encontrar un lugar seguro, en vez de correr y correr para estar
siempre en ningún lugar.
Ahora estoy viviendo en Oakland,
donde ocurrió el asalto, pero busco un lugar mejor y espero encontrarlo. Mejor
escríbeme a la oficina, porque por lo menos en este trabajo sí que voy a
seguir. Ojalá que se me quite pronto esta horrible mufa.
No te me pierdas, por favor. Te
abrazo y te recuerdo,
Fernanda Tuya
Esto de Fernanda Tuya viene de que, cuando niña, a ella le decían
Fernanda Mía, en vez de Fernanda María. Y como yo, sin saber nada de eso, la
llamé Fernanda Mía, la única vez que fuimos realmente nuestros, en París, ella
inmediatamente se convirtió en Fernanda Tuya, al final de cada carta, y a
medida que fue regresando a los brazos de Enrique y alejándose de los míos, sin
el más mínimo Estimated time of arrival, por supuesto, y sin que ahí
nadie se alejara nunca de nadie, la verdad, tampoco, aunque al final los tres
terminamos absolutamente solos y cada uno en un punto cardinal opuesto, cómo
no. El correo y alguno que otro viaje demencial hicieron el resto y todos
seguimos así de unidos, engriéndonos y tratándonos cada vez más como a reyes
naufragados. Me revienta, eso sí, que tres orangutanes de Oakland se quedaran
con esas cartas en las que, sin duda, siempre fui bastante mejor que en la vida
real, y estoy seguro de que sólo lo hicieron para luego arrojarlas, hechas
añicos, al primer basurero que encontraron. Y lo único que se conservó de tanta
correspondencia y amor y amistad, de toda la bondad y el cariño y el
entendimiento con que yo quise tratar siempre a una mujer tan adorable como
Fernanda María, Fernanda Maía, o simplemente Fernanda Mía, y Mía, lo único que
se ha conservado es una suerte de antología de parrafillos y frases sueltas que
ella había ido subrayando en mis cartas y anotando luego en un cuaderno, pero
sin fecha alguna y, lo que es peor, sin su contexto tampoco. Conservo una copia
de ese cuaderno que Maía me envió una vez, como quien dice qué linda el habla
de tu tierra o de donde sea, o sólo a ti se te ocurren estas cosas tan
increíbles y divertidas que me escribes.
Y así, a la carta de ella que acabo de citar, y que acababa como
siempre con los nuevos teléfonos y direcciones de casas y empleos a los que
podía escribirle —no conozco a nadie en el mundo que se haya mudado tanto como
Fernanda María, nadie que haya cambiado tanto de empleos y de destino, sí: de
DESTINO—, puedo haber respondido, ahora que abro la copia del dichoso cuaderno
que contiene restos de alguien que fue siempre mejor por carta, con esta migaja
de mí mismo:
Como si uno tuviera que volverlo
a escribir todo de nuevo, así renace a veces la esperanza, Fernanda Mía.
Acuérdate. No bien pueda cruzo Atlánticos para llegar a Pacíficos y meterme en
tu cariño y en tu casa (etcétera), siempre con ese amor nuestro que el tiempo
va convirtiendo en un sabio pincelado por las nieves del as time goes by. No
temas, que no te abrumaré. Antes bien aplicaré aquello de «cariño, sí,
conchudez, no». Lamento muchísimo que hayas perdido, gorilas mediante, lo mejor
de mi repertorio. Al mal tiempo, buena cara, lo cual, allá en Oakland salvaje,
seguro que se dice así: You can't shit upwards.
Ya me llegará tu D. H. Lawrence.
No olvides que nosotros encarnamos como nadie aquello de «Todo llega en esta
vida». Tus amigos gringos deben haberse enterado de que había dejado ya
Limatambo, de retorno a Paríspascana. O sea que me lo habrán enviado por avión,
Vía Láctea, o sea la que va echando leche.
Entretanto, mi afecto se eleva y
serpentea por horizontes transatlánticos y llega a ti para aplastarte
(provisionalmente) en un poderoso abrazo. Orden y calma, Su Majestad. Y bese y
abrace a sus niños, como si fueran míos, también. No creo que lo habría hecho
tan mal, en este caso. Y ello, sin aludir al santo varón y dilectísimo amigo
chileno, Mr. Henry Kodax. Pero bueno, dice el anónimo popular: «La fotografía,
como la filosofía, se desarrolla en un cuarto sumamente oscuro». París te
adora, y chau,
Juan Manuel
Como nuestra historia, o más bien la historia de Fernanda Mía y la
mía, casi siempre revueltos pero casi nunca juntos, jamás tuvo lo que en el
tiempo convencional de los hombres se suele llamar Un principio, ni ha tenido,
muchísimo menos, algo que me permita hablar de Un final, de ningún tipo, y
menos aún convencional, voy a empezar bastante antes del principio, en una
suerte de Nebulosa o de Prehistoria en la que llegan a mis oídos las primeras
noticias de una chica educadísima y superingenua y salvadoreña de ilustre
familia. No me queda otro remedio, la verdad, al hablar de una Mía objetiva y
prehistórica, que ser subjetivísimo y legendario y hasta mitológico y, en
verdad en verdad os digo, contarlo casi todo de oídas.
Y estoy seguro de que así también tendré que acabar. En una suerte
de Posmundo o de Encuentros del Tercer Tipo, en el que un hombre recuerda a una
mujer muy fina, siempre alegre y positiva, adorable y Tarzán, sumamente Tarzán,
sí. Aunque Fernanda María tiene, para mí, muchísimo más valor que Tarzán, pues
éste fue educado por monos y gorilas para actuar como tal, en un ambiente ad
hoc, mientras que Mía fue educada para niña bien en lo Universal Sin Selva, que
diría don Alejo Carpentier, o sea en un internado bien caro que las monjas del
Sagrado Corazón tienen en San Francisco, y luego en su equivalente posgrado y
jet set júnior, en la blanca, esquiante, chalet-suizo, neutral, aburridísima y
políglota Lausanne. Y, claro, después, no bien asomó Fernanda María su
aguileñita nariz posgraduada, al valle de lágrimas y gases lacrimógenos en que
vivimos, le empezaron a pasar una serie de cosas para las cuales nadie, ni
tampoco ninguno de sus diplomas, la había preparado, pobrecita, y además siendo
demasiado ingenua aún.
Yo acababa de regresar de Roma, en 1967, de una interminable gira
para la cual tampoco nadie me había preparado, y durante la cual había cantado
con aplausos y algún bis, al comienzo, con alimentación y hotel de tercera
comprendidos, después, también con gorro extendido, muy poco después, y hasta
sin guitarra ni palabras, sólo con un triste tararear mientras lavaba platos y
copas en un restaurante romano, al final. Pero era joven, componía las canciones
más lindas del mundo, aún incomprendidas, eso sí, y tenía una maravilla de
esposa esperándome siempre en París. Ella se llamaba Luisa, era hija de
inmigrantes italianos, limeña como yo, y a ella iban dirigidas todas y cada una
de mis tristísimas canciones de amor, fruto indudablemente de esa indispensable
distancia en que tenía que mantenerme —razón de mis frecuentísimas giras—, para
que no sólo sonaran sino que fueran sinceras y tristísimas mis estrofas de
amor. Luisa no me entendía. Yo sí.
Ella estudiaba administración de empresas. Tal vez por eso no me
entendía Luisa y yo sí. Me enamoré de ella, de su piel de melocotón bronceado
todo el año, de su siluetón de armas tomar, de su larga y rubicunda cabellera,
y de sus cejas y ojos muy negros, en Lima, cantando en una fiesta de la
Universidad Católica en que ella era Miss Facultad, o algo así, y yo una suerte
de Nat King Cole en castellano, que a punta de acércate más, y más, y más,
pero mucho más, me la terminé acercando tanto que aún no he logrado
apartarla del todo, y eso que ya pasaron más de mil años, muchos más, por
lo cual al autor de aquel bolero creo poderle responder que sí, que parece que
sí tiene amor, la eternidad.
Éramos una pareja de recién casados en París, Luisa y yo, la noche
en que por primera vez escuché algo que, digamos, me encantó tierna y
entrañablemente, conmovedoramente, acerca de una chica llamada Fernanda María.
Fue en una fiesta y en alguna embajada latinoamericana, tal vez una sede banana
republic, pero la verdad es que nunca lograré recordar cuál. Me habían
contratado en mi calidad de artista y Luisa estaba ahí conmigo en calidad de mi
esposa. Y pasó lo de siempre con los ricos. Lo ven a uno de artista y
cantándose el sustento, micro en mano, y se aprovechan para meterse con Luisa
con mis propias palabras de amor, susurraditas por mí y todo, mientras le piden
a ella su dirección y Luisa les da la mía, pobre pero decente, y tremendo
papelón el que los hace hacer, tanda de viejos verdes y habrase visto cosa
igual. Pues sí, y a cada rato.
Esta obra es especialmente entrañable para mí. Me recuerda gratos momentos en medio de una época en los que no recordaba tener alguno. Fue mi salvavidas de un tiempo perdido.
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