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Los curiosos
acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año
194... en Oran. Para la generalidad resultaron enteramente fuera de lugar y un
poco aparte de lo cotidiano. A primera vista Oran es, en efecto, una ciudad
como cualquier otra, una prefectura francesa en la costa argelina y nada más.
La ciudad, en sí misma,
hay que confesarlo, es fea. Su aspecto es tranquilo y se necesita cierto tiempo
para percibir lo que la hace diferente de las otras ciudades comerciales de
cualquier latitud. ¿Cómo sugerir, por ejemplo, una ciudad sin palomas, sin
árboles y sin jardines, donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas, un
lugar neutro, en una palabra? El cambio de las estaciones sólo se puede notar
en el cielo. La primavera se anuncia únicamente por la calidad del aire o por los
cestos de flores que traen a vender los muchachos de los alrededores; una
primavera que venden en los mercados. Durante el verano el sol abrasa las casas
resecas y cubre los muros con una ceniza gris; se llega a no poder vivir más
que a la sombra de las persianas cerradas. En otoño, en cambio, un diluvio de
barro. Los días buenos sólo llegan en el invierno.
El modo más cómodo de
conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se
muere. En nuestra ciudad, por efecto del clima, todo ello se hace igual, con el
mismo aire frenético y ausente. Es decir, que se aburre uno y se dedica a
adquirir hábitos. Nuestros conciudadanos trabajan mucho, pero siempre para enriquecerse.
Se interesan sobre todo por el comercio, y se ocupan principalmente, según
propia expresión, de hacer negocios. Naturalmente, también les gustan las
expansiones simples: las mujeres, el cine y los baños de mar. Pero, muy sensatamente,
reservan los placeres para el sábado después de mediodía y el domingo,
procurando los otros días de la semana hacer mucho dinero. Por las tardes,
cuando dejan sus despachos, se reúnen a una hora fija en los cafés, se pasean por
un determinado bulevar o se asoman al balcón. Los deseos de la gente joven son
violentos y breves, mientras que los vicios de los mayores no exceden de las
francachelas, los banquetes de camaradería y los círculos donde se juega fuerte
al azar de las cartas.
Se dirá, sin duda, que
nada de esto es particular de nuestra ciudad y que, en suma, todos nuestros
contemporáneos son así. Sin duda, nada es más natural hoy día que ver a las
gentes trabajar de la mañana a la noche y en seguida elegir, entre el café, el
juego y la charla, el modo de perder el tiempo que les queda por vivir. Pero
hay ciudades y países donde las gentes tienen, de cuando en cuando, la sospecha
de que existe otra cosa. En general, esto no hace cambiar sus vidas, pero al menos
han tenido la sospecha y eso es su ganancia. Oran, por el contrario, es en
apariencia una ciudad sin ninguna sospecha, es decir, una ciudad enteramente
moderna. Por lo tanto, no es necesario especificar la manera de amar que se
estila. Los hombres y mujeres o bien se devoran rápidamente en eso que se llama
el acto del amor, o bien se crean el compromiso de una larga costumbre a dúo.
Entre estos dos extremos no hay término medio. Eso tampoco es original. En
Oran, como en otras partes, por falta de tiempo y de reflexión, se ve uno obligado
a amar sin darse cuenta.
Lo más original en
nuestra ciudad es la dificultad que puede uno encontrar para morir. Dificultad,
por otra parte, no es la palabra justa, sería mejor decir, incomodidad. Nunca
es agradable estar enfermo, pero hay ciudades y países que nos sostienen en la
enfermedad, países en los que, en cierto modo, puede uno confiarse. Un enfermo
necesita alrededor blandura, necesita apoyarse en algo; eso es natural. Pero en
Oran los extremos del clima, la importancia de los negocios, la insignificancia
de lo circundante, la brevedad del crepúsculo y la calidad de los placeres,
todo exige buena salud. Un enfermo necesita soledad. Imagínese entonces al que
está en trance de morir como cogido en una trampa, rodeado por cientos de
paredes crepitantes de calor, en el mismo momento en que toda una población, al
teléfono o en los cafés, habla de letras de cambio, de conocimientos, de
descuentos. Se comprenderá fácilmente lo que puede haber de incómodo en la
muerte, hasta en la muerte moderna, cuando sobreviene así en un lugar seco.
Estas pocas
indicaciones dan probablemente una idea suficiente de nuestra ciudad. Por lo
demás, no hay por qué exagerar. Lo que es preciso subrayar es el aspecto
frívolo de la población y de la vida. Pero se pasan los días fácilmente en
cuanto se adquieren hábitos, y puesto que nuestra ciudad favorece justamente
los hábitos, puede decirse que todo va bien. Desde este punto de vista, la
vida, en verdad, no es muy apasionante. Pero, al menos aquí no se conoce el
desorden. Y nuestra población, franca, simpática y activa, ha provocado siempre
en el viajero una razonable estimación. Esta ciudad, sin nada pintoresco, sin vegetación
y sin alma acaba por servir de reposo y al fin se adormece uno en ella. Pero es
justo añadir que ha sido injertada en un paisaje sin igual, en medio de una
meseta desnuda, rodeada de colinas luminosas, ante una bahía de trazo perfecto.
Se puede lamentar únicamente que haya sido construida de espaldas a esta bahía
y que al salir sea imposible divisar el mar sin ir expresamente a buscarlo.
Siendo así las cosas,
se admitirá fácilmente que no hubiese nada que hiciera esperar a nuestros
conciudadanos los acontecimientos que se produjeron a principios de aquel año,
y que fueron, después lo comprendimos, como los primeros síntomas de la serie
de acontecimientos graves que nos hemos propuesto señalar en esta crónica.
Estos hechos parecerán a muchos naturales y a otros, por el contrario,
inverosímiles. Pero, después de todo, un cronista no puede tener en cuenta esas
contradicciones. Su misión es únicamente decir: "Esto pasó", cuando
sabe que pasó en efecto, que interesó la vida de todo un pueblo y que por lo
tanto hay miles de testigos que en el fondo de su corazón sabrán estimar la
verdad de lo que dice.
Por lo demás, el
narrador, que será conocido a su tiempo, no tendría ningún título que arrogarse
en semejante empresa si la muerte no le hubiera llevado a ser depositario de
numerosas confidencias y si la fuerza de las cosas no le hubiera mezclado con
todo lo que intenta relatar. Esto es lo que le autoriza a hacer trabajo de
historiador. Por supuesto, un historiador, aunque sea un mero aficionado,
siempre tiene documentos. El narrador de esta historia tiene los suyos: ante
todo, su testimonio, después el de los otros puesto que por el papel que desempeñó
tuvo que recoger las confidencias de todos los personajes de esta crónica, e
incluso los textos que le cayeron en las manos. El narrador se propone usar de
todo ello cuando le parezca bien y cuando le plazca. Además, se propone... Pero
ya es tiempo, quizás, de dejar los comentarios y las precauciones de lenguaje
para llegar a la narración misma. El relato de los primeros días exige cierta
minuciosidad.
La mañana del 16 de abril,
el doctor Bernard Rieux, al salir de su habitación, tropezó con una rata muerta
en medio del rellano de la escalera. En el primer momento no hizo más que
apartar hacia un lado el animal y bajar sin preocuparse. Pero cuando llegó a la
calle, se le ocurrió la idea de que aquella rata no debía quedar allí y volvió
sobre sus pasos para advertir al portero. Ante la reacción del viejo Michel,
vio más claro lo que su hallazgo tenía de insólito. La presencia de aquella rata
muerta le había parecido únicamente extraña, mientras que para el portero
constituía un verdadero escándalo. La posición del portero era categórica: en
la casa no había ratas. El doctor tuvo que afirmarle que había una en el
descansillo del primer piso, aparentemente muerta: la convicción de Michel
quedó intacta. En la casa no había ratas; por lo tanto, alguien tenía que
haberla traído de afuera. Así, pues, se trataba de una broma.
Aquella misma tarde
Bernard Rieux estaba en el pasillo del inmueble, buscando sus llaves antes de
subir a su piso, cuando vio surgir del fondo oscuro del corredor una rata de
gran tamaño con el pelaje mojado, que andaba torpemente. El animal se detuvo,
pareció buscar el equilibrio, echó a correr hacia el doctor, se detuvo otra
vez, dio una vuelta sobre sí mismo lanzando un pequeño grito y cayó al fin,
echando sangre por el hocico entreabierto. El doctor lo contempló un momento y subió
a su casa.
No era en la rata en lo
que pensaba. Aquella sangre arrojada le llevaba de nuevo a su preocupación. Su
mujer, enferma desde hacía un año, iba a partir al día siguiente para un lugar
de montaña. La encontró acostada en su cuarto, como le tenía mandado. Así se
preparaba para el esfuerzo del viaje. Le sonrió.
- Me siento muy bien -le dijo.
El doctor miró aquel
rostro vuelto hacia él a la luz de la lámpara de cabecera. Para Rieux, esa
cara, a pesar de sus treinta años y del sello de la enfermedad, era siempre la
de la juventud; a causa, posiblemente, de la sonrisa que disipaba todo el resto.
- Duerme, si puedes -le
dijo-. La enfermera vendrá a las once y os llevaré al tren a las doce.
La besó en la frente
ligeramente húmeda. La sonrisa le acompañó hasta la puerta.
Al día siguiente, 17 de
abril, a las ocho, el portero detuvo al doctor cuando salía, para decirle que
algún bromista de mal género había puesto tres ratas muertas en medio del
corredor. Debían haberlas cogido con trampas muy fuertes, porque estaban llenas
de sangre. El portero había permanecido largo rato a la puerta, con las ratas colgando
por las patas, a la espera de que los culpables se delatasen con alguna burla.
Pero no pasó nada.
Rieux, intrigado, se
decidió a comenzar sus visitas por los barrios extremos, donde habitaban sus
clientes más pobres. Las basuras se recogían por allí tarde y el auto, a lo
largo de las calles rectas y polvorientas de aquel barrio, rozaba las latas de
detritos dejadas al borde de las aceras. En una calle llegó a contar una docena
de ratas tiradas sobre los restos de las legumbres y trapos sucios.
Encontró a su primer
enfermo en la cama, en una habitación que daba a la calle y que le servía al
mismo tiempo de alcoba y de comedor. Era un viejo español de rostro duro y
estragado. Tenía junto a él, sobre la colcha, dos cazuelas llenas de garbanzos.
En el momento en que llegaba el doctor, el enfermo, medio incorporado en su
lecho, se echaba hacia atrás esforzándose en su respiración pedregosa de viejo
asmático.
Su mujer trajo una
palangana.
- Doctor -dijo,
mientras le ponían la inyección-, ¿ha visto usted cómo salen?
- Sí -dijo la mujer-, el vecino ha recogido
tres.
- Salen muchas, se las ve en todos los
basureros, ¡es el hambre!
Rieux comprobó en
seguida que todo el barrio hablaba de las ratas.
Cuando terminó sus
visitas se volvió a casa.
- Arriba hay un
telegrama para usted -le dijo el viejo Michel.
El doctor le preguntó
si había visto más ratas.
- ¡Ah!, no -dijo el
portero-, estoy al acecho y esos cochinos no se atreven.
El telegrama anunciaba a Rieux la llegada de su madre al día
siguiente. Venía a ocuparse del hogar mientras durase la ausencia de la
enferma. Cuando el doctor entró en su casa, la enfermera había llegado ya.
Rieux vio a su mujer levantada, en traje de viaje, con colorete en las
mejillas. Le sonrió.
- Está bien
-le dijo-, muy bien.
Poco
después, en la estación, la instaló en el wagon-lit. Ella se quedó mirando el
compartimiento.
- Todo esto
es muy caro para nosotros, ¿no?
- Es
necesario -dijo Rieux.
- ¿Qué
historia es esa de las ratas?
- No sé, es
cosa muy curiosa. Ya pasará.
Después le
dijo muy apresuradamente que tenía que perdonarle por no haberla cuidado más;
la había tenido muy abandonada. Ella movía la cabeza como pidiéndole que se
callase, pero él añadió:
- Cuando vuelvas todo saldrá mejor. Tenemos que
recomenzar.
- Sí -dijo ella, con los ojos brillantes-,
recomenzaremos.
Después se volvió para el otro lado y se puso a mirar
por el cristal. En el andén las gentes se apresuraban y se atropellaban. El
silbido de la locomotora llegó hasta ellos. La llamó por su nombre y, cuando se
volvió, vio que tenía la cara cubierta de lágrimas.
- No -le dijo dulcemente.
Bajo las lágrimas, la sonrisa volvió, un poco crispada.
Respiró profundamente.
- Vete, todo saldrá bien.
La apretó contra su pecho y, ya en el andén, del otro
lado del cristal, no vio más que su sonrisa.
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