jueves, 5 de enero de 2012

LA GANGRENA (Mercedes Salisachs)


                                                                     REMEDIOS     
           

No voy a defenderme: soy culpable. He arrastrado mi culpa des­de la infancia. Tal vez por eso, mucho antes de que ocurriera el siniestro yo intuía ya que, algún día, iba a encontrarme en la en­crucijada actual.

Era algo así como una lacra prematura, una prenoción insis­tente: una de esas ráfagas de aire medio cálido que, al apuntar la primavera, parecen sumergirnos en el verano.

No podría precisar cuándo lo supe con certeza; la evidencia crecía al margen de mi conciencia. Era algo natural dentro de lo más antinatural del mundo. Lo cierto es que, al convertirse en un hecho consumado, ni siquiera me extrañó. Había ocurrido. Estaba allí: con todas las agravantes, todas las consecuencias y todo el horror que yo venía esperando.

Con frecuencia me entra la tentación de culpar a Serena, a los Moraldo, a los intocables: a todos los que, de algún modo, han contribuido a roturar la tierra. Pero, debo reconocerlo, la semilla era mía, sólo mía.

La nebulosa empieza con mi padre. Dicen que murió cuando yo era niño (demasiado pequeño para recordarlo). Sin embargo muchas veces he pensado que todo cuanto se refería a él acaso fuera una tremenda mentira, perfectamente urdida para evitarme complejos.

En todo caso a él (sea quien fuere) le debo parte de la semilla. A él y a mi madre y a mis abuelos y a toda esa legión de seres que, de alguna forma, han colaborado a que naciera tal como soy.

O mejor dicho: “tal como fui”, porque luego vino lo demás: el ambiente, las presiones, la lucha, la interminable carga de ele­mentos ajenos a mi propio ser: eso que nadie puede asir, pero que aceptamos o rechazamos, según crecemos y respiramos.

En cuanto a mi padre, siendo yo muy niño, suponía un interro­gante para mí. Luego cambié. Era imposible poner en duda el breve pero fecundo paso por la tierra del heroico doctor Hondero, muerto en aras de la profesión, allá por los años veinte, cuando la epidemia de la peste.

Por otro lado, si fuerzo mucho la imaginación, consigo evocar un bigote espeso que me cosquilleaba al besarme y unas manos rechonchas totalmente exclusivas: dos detalles inequívocos que no se acoplan a ningún otro personaje de mi infancia.

También recuerdo un aroma “suyo”, una mezcla peculiar (en­tre ácida y dulzona) a cigarro, a gomina y a formol.

Los restantes recuerdos viriles vienen condicionados al tío Ro­dolfo.

No sé aún por qué lo llamaba “tío”. Desde siempre tuve la certeza de que aquel hombre jamás había pertenecido a la familia.

Aseguraba que mi padre y él habían sido amigos desde la épo­ca escolar y que más tarde habían cursado juntos sus estudios en la Facultad de Medicina.

— Un hombre excepcional —decía el tío Rodolfo—. Uno de esos personajes que a lo largo de la vida se cuentan con los dedos de la mano.

Fueron los relatos del tío Rodolfo los que consiguieron darme una imagen viva de mi padre: mucho más viva que la que conse­guía mi madre cuando se lanzaba a hablarme de su marido. Casi siempre se limitaba a enseñarme las fotografías de su época de estudiante. Allí estaba él junto al tío Rodolfo. Era un hombre delgado, de mirada soñadora y sonrisueña, que por mucho que pretendiese dar la sensación de vivir, llevaba clavada en su per­sona el estigma de la muerte. Más de una vez intenté sacar algún parecido entre aquel fotografiado-muerto y yo. Jamás lo conseguí. Naturalmente, había también una esquela. (Mi madre la había re­cortado del periódico para enseñármela algún día.) Su desconso­lada viuda, doña Remedios Ruiz de la Argamasa y Borgoñán, hijo Carlos y la Institución Sanitaria Virgen de la Providencia ruegan una oración por el alma de ese gran héroe de la medicina, muerto en el duro cumplimiento de su deber. (Años más tarde hubieran sustituido el “muerto” por la palabra “caído”.) Las esquelas de entonces eran grandilocuentes, abarcaban un buen pedazo de pe­riódico y resultaban tremendamente dramáticas y exclusivas, como si cada difunto que figuraba en ellas fuera efectivamente una per­sonalidad. Todas esas cosas y alguna más (por ejemplo la des­vaída fotografía de su boda y la partida de mi nacimiento) disi­paban rápidamente las dudas sobre mi origen. Sin embargo, el apremiante deseo de tener un padre de carne y hueso, no un fan­tasma heroico, me hacían cavilar sobre la posibilidad de que mi auténtico progenitor fuera el tío Rodolfo.

Era duro saber a ciencia cierta que aquel a quien yo debía llamar padre, se hallaba enterrado, olvidado y convertido en una simple esquela cursilona, o en una fotografía amarillenta o en un relato trasnochado: “Vivía para su carrera: no pensaba en otra cosa.” Y al hablar de su marido en aquellos términos, mi madre adoptaba cierto aire de celos retrospectivos, como si el despecho de saberse segundona en la vida de aquel hombre fuera más im­portante que su admiración por él. El tío Rodolfo rubricaba: “Fue un golpe duro para tu pobre madre; muy duro. Ni siquiera la dejaron acercarse a él después de haber muerto.” Así iba ente­rándome yo de la historia de mi primera infancia: a empellones de fragmentos y comentarios sin excesiva continuidad: “Una mu­jer valiente, tu madre, ¿sabes, Carlitos?” Se refería a las estrecheces que, al parecer, tuvo ella que soportar cuándo mi padre dejó de existir: “En este país ya se sabe: mucha gloria momentánea, mucho bombo y platillo... Luego: ahí queda eso.” Y mi madre añadía: “Si al menos hubiera sido más precavido... Pero la ver­dad es que el pobre Carlos era un manirroto: nunca pensó que podría morirse y dejarnos en la miseria.”

Fue a partir de aquella muerte cuando nos vimos obligados a abandonar el piso del Ensanche, para instalarnos en una vivienda modesta situada en la calle de Fernando: “«Tenías que haber visto esta calle en la época de los abuelos: era el punto de reunión de los elegantes.” También mis abuelos habían muerto. Yo creo que entonces la gente duraba menos. O acaso nunca hubieran existido y toda la historia (incluida la peste bubónica) fuera un colosal embuste. Lo barruntaba cuando al querer indagar sobre mis pa­rientes paternos, me contestaban con evasivas y se escudaban en el fácil recurso de la emigración. “Se marcharon a América a bus­car fortuna. En España no quedan más Hondero que tú y el tío Baltasar.” Pero jamás conocí al tío Baltasar. Ni siquiera figuraba en la guía telefónica de Barcelona. Cuando hablaban de él (escue­tamente y con cierta timidez), lo describían como un ser extraño, desarraigado de la familia y totalmente opuesto al carácter abierto y jovial de mi padre.

También la familia de mi madre se ocultaba, pero no entre nebulosas sino entre reproches. Su origen era madrileño y, por quedarse huérfana muy niña (mis abuelos se ahogaron en un lago suizo mientras hacían un viaje de placer), había vivido en casa de unos tíos con los que había suspendido toda clase de relacio­nes por lo mal que se portaron con ella: “Se oponían a mi boda”, alegaba mi madre para justificar la ruptura. “Decían que tu padre era poco para mí.” El tío Rodolfo aclaraba: “Tu madre pertene­cía a la nobleza.” Eso era bastante razonable. En aquella época los aristócratas guardaban distancias enormes con ciertas clases sociales. “Así que ya lo sabes, Carlitos: cuando seas mayor podrás rehabilitar un título.” Pero cada vez que el tío Rodolfo rozaba aquel tema, se le ponía la cara como de parodia y de los ojos le brotaba una guasa que desmentía rotundamente aquella posibili­dad. Para él, el hecho de rehabilitar un título era siempre un acto grotesco propio de mentes atrofiadas por la vanidad. Y yo, incons­cientemente, me asociaba a su escepticismo. El apellido de mi ma­dre (altisonante y castellano) me dejaba frío, y los miembros de mi aristocrática familia me tenían sin cuidado. Al fin y al cabo, España entera estaba llena de Ruices. ¿Qué importancia podía tener que uno de los innumerables Ruiz hubiera parado en aris­tócrata? Esa forma de pensar me la imbuía el tío Rodolfo: no podía remediarlo. La nobleza, para él, debía medirse por otro ra­sero: el de la “honestidad”, el de la “hidalguía laboral”, y ningún título podía ser más importante que un título universitario. “A mí que no me den memos con tratamiento de excelencia. Prefiero un barrendero con garantías de señor.”

Desconozco el origen del tío Rodolfo, pero aunque presumía de catalán, se llamaba Tramacho. Cuando mi madre hablaba de él con la vecina, solía decir: “El doctor Tramacho.” Probablemen­te a él le hubiera gustado llamarse “Poch” o “Casáis”, o “Fontanals”, pero apechugaba con su apellido porque no le quedaba otro remedio.

Parece que lo estoy viendo hablando de política con don Alber­to (otro catalán con apellido castellano), saboreando el queso que mi madre guardaba para él en el aparador, o revisando el boti­quín de nuestra casa, que, gracias a él, estaba en todo momento repleto y bien abastecido. Casi siempre se refería a los esfuerzos que mi madre desplegaba para hacer de mí un hombre. También él cooperaba. Eran unos esfuerzos sesudos, casi irritantes de puro asiduos. Acaso un poco deshonestos. (Años más tarde averigüé que tampoco él tenía fortuna y que el dinero que gastaba con no­sotros distaba mucho de pertenecerle.) Pero entonces aquel des­pliegue de generosidades se me antojaba normal y, de haberse malogrado, mi vida hubiera constituido una pura frustración.

A pesar de todo (acaso para cubrir apariencias), mi madre tra­bajaba. Cosía para la gente elegante y tenía ocupadas todas las tardes. Las mañanas las reservaba para limpiar la casa y servirle al tío Rodolfo el queso que sólo ella sabía encontrar en los veri­cuetos misteriosos de la Barcelona antigua. Cuando se ausentaba, yo quedaba al buen recaudo de la vecina. “Los tiempos están muy malos y hay que aprovechar todo lo que caiga —decía aquélla—. Por eso tú, cuando seas mayor, debes estudiar mucho, Carlitos: algún día tendrás que devolverle a tu madre todo lo que está haciendo por ti.” Yo soñaba ya con ese día. Lo venía asimilando desde siempre entre desarrollos, digestiones y rebeldías. Me veía taladrando muros, escalando peldaños, buceando en aguas pro­fundas para tocar el fondo... También la vecina (lo sé), también la vecina contribuyó a acrecentar mi “sana” ambición (ese sen­timiento que algunos confunden con dignidad), y a espolear mis ímpetus, y a concentrar las peculiaridades de mi semilla, la que luego, cuando creciese, debía esparcir por la tierra que los mayo­res habían roturado.

Los domingos eran alegres. Tenían la alegría de saber a mi madre “toda para mí”. (Curioso que en aquella época yo deseara tanto su compañía.) Fue mucho más tarde cuando su presencia me resultó insufrible. El fenómeno se produjo imperceptiblemen­te. Resultó una transición lenta. De pronto descubrí que sus labios estaban siempre húmedos y que sus axilas despedían un olor acre y desagradable, que su cogote era un muro rígido de lamentacio­nes sofocadas y que, salvo su belleza, nada en ella resultaba atrac­tivo. Pero entonces yo no veía ni olía más que su perfección. Por eso resultaba tan deseable y necesaria.

Después de oír misa, nos metíamos en un tranvía y nos íbamos al Tibidabo. Desde allí contemplábamos la ciudad (casi siempre envuelta en niebla), los montes despoblados, el mar sin horizonte y los barcos difuminados por la distancia y la bruma. “Bonito, ¿verdad, Carlitos?” Era agradable oírle decir “Carlitos” a mi ma­dre. Y, sobre todo, era agradable saber que el tío Rodolfo nos esperaba allá, junto a la balaustrada, con su sombrero calado y el cuello del abrigo alzado para proteger del frío sus orejas. “Fí­jate bien en lo que estás viendo, Carlitos: cuando crezcas todo será distinto y te gustará recordarlo tal como es ahora...” Pero aunque lo recuerdo ya no veo nada, como lo veía entonces... Es imposible. Las cosas mueren cuando se modifican. Por eso mi re­cuerdo es tan vago, y por eso, a veces, quisiera derribar el torreón de Can Pou: para olvidarlo, para convertirlo en un cadáver, como aquel paisaje. “Llegará un momento en que tal vez necesites evo­car esos montes vacíos.” El tío Rodolfo aseguraba que las ciuda­des crecían tanto, que cuando menos se esperaba ya no tenían afueras (al menos las que siempre se habían considerado como tales), ni descampados, ni zonas montañosas, con árboles capaces de prestar vigor y salud. “Por eso, cuando las ciudades crecen demasiado, se vuelven enclenques.” Era su teoría. Entonces la mayoría de la gente de aquella época emitía vulgaridades como catedrales, pero todo lo que aquel hombre decía, me parecía importante.

Un día, mirando la ciudad bajo un sol estallante, y apoyados los tres en la balaustrada, me comunicó solemnemente: “Pronto irás al colegio.” Y se miraron los dos con los ojos abiertos, elo­cuentes. Recuerdo que la luz daba de lleno en las contraídas pupi­las del tío Rodolfo y las bolsas bajo sus párpados se le arrugaban como globitos deshinchados. “Será un colegio de pago, natural­mente.”

Hablaba como si yo no estuviera allí y se dirigiera exclusiva­mente a mi madre. Tal vez por ese motivo ella frunciera el entre­cejo y hurtara su rostro a mi inspección. Fingía contemplar el mar (aquel día tenía horizonte), el cielo, los barcos... Y yo veía su escorzo; únicamente su escorzo. “Carlitos es inteligente como su padre —dijo—; estoy segura de que tendrá buenas notas.” Otra vez sacaban a relucir el muerto de la fotografía. Otra vez la esquela, la sonrisa desvaída, y el vago recuerdo de su bigote cosquilleando mi mejilla.

Mi madre daba por hecho que yo sacaría mis estudios adelan­te a fuerza de becas: “Todos los Hondero fueron inteligentes. Hasta el tío Baltasar, con ser tan raro, tenía fama de sabio.”

Ahora sé que todo aquel palabreo era una simple añagaza, una excusa para desviarme de la verdadera cuestión. Debían adelan­tarse a mis posibles lucubraciones y recelos. Debían rellenar los huecos, antes que mi imaginación los rellenara. A lo largo de los años he comprendido que mi porvenir dependía íntegramente del tío Rodolfo. Sin embargo, era esencial que, en aquellos momen­tos, yo no maliciara sospechas, ni conociera orígenes. Por eso dis­currían de aquel modo.

Efectivamente, cuando empezó el curso escolar, yo ingresé en el colegio. Mis compañeros eran hijos de burgueses ricos, y algu­no de ellos pertenecía a la aristocracia. Aunque allí se respiraba un nítido tufo a derechas, éramos todavía demasiado jóvenes para comprender las luchas de clases. Lo único que contaba era la pro­pia valía y las ganas de estudiar.

Yo las tenía. No fue difícil destacar. Cuando, por las causas que fuere, me entraba la tentación de flaquear, me repetía a mí mismo que, siendo un Hondero, no podía permitirme el lujo de actuar como un vainazas, y que a costa de lo que fuera debía hacer honor a mi apellido. Durante toda mi vida había ido yo empapándome de aquella servidumbre (probablemente eso que llaman ta­lento suele condicionarse a lo que nos han hecho creer en la infan­cia) y acabé por esclavizarme a ella. Me entraba una urgencia grande de llegar a los primeros puestos. De algún modo debía sosegar mis apremios (los que me habían forjado mi madre y el tío Rodolfo); pero, sobre todo, debía justificar mi apellido (el de mi padre y el del tío Baltasar) y también dar paso a las perspec­tivas aglutinadas en la mente durante años y años en las soleda­des infantiles que la vecina custodiaba.

En cierta ocasión, el Rey visitó el colegio. Aquel día hubo co­mida extraordinaria tras de la reunión en la sala de actos. Los alumnos aventajados (entre los que me incluyeron) formábamos una fila aparte. El padre Celestino (entonces prefecto de la comu­nidad) nos advirtió:

— Desfilarán ustedes ante Su Majestad y le estrecharán la mano.

Parece absurdo que un detalle tan parvo hubiera podido resul­tar importante. Pero lo fue. La vida está llena de menudencias como aquélla, que de momento impresionan y luego, cuando se evocan, parecen puntos, motas, escarchas disueltas o evaporadas. Sin embargo, aquel día hasta mi madre (tan republicana) dio muestras de emoción.

— ¿Te das cuenta, Carlitos? El Rey ha estrechado tu mano.

Para hacerme el hombre me encogí de hombros:

— ¿Y eso qué tiene de particular? Al fin y al cabo es como todos.

El tío Rodolfo dejó escapar una de sus habituales carcajadas: tenía ese tipo de risa contagiosa, sonora y taladrante que parecía abarcar la casa entera.

El chico tiene razón, Remedios. Así me gusta, Carlitos: no hay que dejarse alucinar por cosas tan fútiles como ésa.

Sin embargo, impresionaban. También impresionan hoy día los coches aerodinámicos, y las viviendas elegantes y las sonrisas que nos dedican los que están en la cumbre.

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