REMEDIOS
No
voy a defenderme: soy
culpable. He arrastrado mi culpa desde la infancia. Tal vez por eso, mucho
antes de que ocurriera el siniestro yo intuía ya que, algún día, iba a
encontrarme en la encrucijada actual.
Era algo así como una
lacra prematura, una prenoción insistente: una de esas ráfagas de aire medio
cálido que, al apuntar la primavera, parecen sumergirnos en el verano.
No podría precisar
cuándo lo supe con certeza; la evidencia crecía al margen de mi conciencia. Era
algo natural dentro de lo más antinatural del mundo. Lo cierto es que, al
convertirse en un hecho consumado, ni siquiera me extrañó. Había ocurrido.
Estaba allí: con todas las agravantes, todas las consecuencias y todo el horror
que yo venía esperando.
Con frecuencia me
entra la tentación de culpar a Serena, a los Moraldo, a los intocables: a todos
los que, de algún modo, han contribuido a roturar la tierra. Pero, debo
reconocerlo, la semilla era mía, sólo mía.
La nebulosa empieza
con mi padre. Dicen que murió cuando yo era niño (demasiado pequeño para
recordarlo). Sin embargo muchas veces he pensado que todo cuanto se refería a
él acaso fuera una tremenda mentira, perfectamente urdida para evitarme
complejos.
En todo caso a él
(sea quien fuere) le debo parte de la semilla. A él y a mi madre y a mis
abuelos y a toda esa legión de seres que, de alguna forma, han colaborado a que
naciera tal como soy.
O mejor dicho: “tal
como fui”, porque luego vino lo demás: el ambiente, las presiones, la lucha, la
interminable carga de elementos ajenos a mi propio ser: eso que nadie puede
asir, pero que aceptamos o rechazamos, según crecemos y respiramos.
En cuanto a mi padre,
siendo yo muy niño, suponía un interrogante para mí. Luego cambié. Era imposible
poner en duda el breve pero fecundo paso por la tierra del heroico doctor
Hondero, muerto en aras de la profesión, allá por los años veinte, cuando la
epidemia de la peste.
Por otro lado, si
fuerzo mucho la imaginación, consigo evocar un bigote espeso que me
cosquilleaba al besarme y unas manos rechonchas totalmente exclusivas: dos
detalles inequívocos que no se acoplan a ningún otro personaje de mi infancia.
También recuerdo un
aroma “suyo”, una mezcla peculiar (entre ácida y dulzona) a cigarro, a gomina
y a formol.
Los restantes
recuerdos viriles vienen condicionados al tío Rodolfo.
No sé aún por qué lo
llamaba “tío”. Desde siempre tuve la certeza de que aquel hombre jamás había
pertenecido a la familia.
Aseguraba que mi
padre y él habían sido amigos desde la época escolar y que más tarde habían
cursado juntos sus estudios en la Facultad de Medicina.
— Un hombre
excepcional —decía el tío Rodolfo—. Uno de esos personajes que a lo largo de la
vida se cuentan con los dedos de la mano.
Fueron los relatos
del tío Rodolfo los que consiguieron darme una imagen viva de mi padre: mucho
más viva que la que conseguía mi madre cuando se lanzaba a hablarme de su
marido. Casi siempre se limitaba a enseñarme las fotografías de su época de
estudiante. Allí estaba él junto al tío Rodolfo. Era un hombre delgado, de
mirada soñadora y sonrisueña, que por mucho que pretendiese dar la sensación de
vivir, llevaba clavada en su persona el estigma de la muerte. Más de una vez
intenté sacar algún parecido entre aquel fotografiado-muerto y yo. Jamás lo
conseguí. Naturalmente, había también una esquela. (Mi madre la había recortado
del periódico para enseñármela algún día.) Su desconsolada viuda, doña
Remedios Ruiz de la Argamasa y Borgoñán, hijo Carlos y la Institución Sanitaria
Virgen de la Providencia ruegan una oración por el alma de ese gran héroe de la
medicina, muerto en el duro cumplimiento de su deber. (Años más tarde
hubieran sustituido el “muerto” por la palabra “caído”.) Las esquelas de
entonces eran grandilocuentes, abarcaban un buen pedazo de periódico y
resultaban tremendamente dramáticas y exclusivas, como si cada difunto que
figuraba en ellas fuera efectivamente una personalidad. Todas esas cosas y
alguna más (por ejemplo la desvaída fotografía de su boda y la partida de mi
nacimiento) disipaban rápidamente las dudas sobre mi origen. Sin embargo, el
apremiante deseo de tener un padre de carne y hueso, no un fantasma heroico,
me hacían cavilar sobre la posibilidad de que mi auténtico progenitor fuera el
tío Rodolfo.
Era duro saber a
ciencia cierta que aquel a quien yo debía llamar padre, se hallaba enterrado,
olvidado y convertido en una simple esquela cursilona, o en una fotografía
amarillenta o en un relato trasnochado: “Vivía para su carrera: no pensaba en
otra cosa.” Y al hablar de su marido en aquellos términos, mi madre adoptaba
cierto aire de celos retrospectivos, como si el despecho de saberse segundona
en la vida de aquel hombre fuera más importante que su admiración por él. El
tío Rodolfo rubricaba: “Fue un golpe duro para tu pobre madre; muy duro. Ni
siquiera la dejaron acercarse a él después de haber muerto.” Así iba enterándome
yo de la historia de mi primera infancia: a empellones de fragmentos y
comentarios sin excesiva continuidad: “Una mujer valiente, tu madre, ¿sabes,
Carlitos?” Se refería a las estrecheces que, al parecer, tuvo ella que soportar
cuándo mi padre dejó de existir: “En este país ya se sabe: mucha gloria
momentánea, mucho bombo y platillo... Luego: ahí queda eso.” Y mi madre añadía:
“Si al menos hubiera sido más precavido... Pero la verdad es que el pobre
Carlos era un manirroto: nunca pensó que podría morirse y dejarnos en la
miseria.”
Fue a partir de
aquella muerte cuando nos vimos obligados a abandonar el piso del Ensanche, para
instalarnos en una vivienda modesta situada en la calle de Fernando: “«Tenías
que haber visto esta calle en la época de los abuelos: era el punto de reunión
de los elegantes.” También mis abuelos habían muerto. Yo creo que entonces la
gente duraba menos. O acaso nunca hubieran existido y toda la historia
(incluida la peste bubónica) fuera un colosal embuste. Lo barruntaba cuando al
querer indagar sobre mis parientes paternos, me contestaban con evasivas y se
escudaban en el fácil recurso de la emigración. “Se marcharon a América a buscar
fortuna. En España no quedan más Hondero que tú y el tío Baltasar.” Pero jamás
conocí al tío Baltasar. Ni siquiera figuraba en la guía telefónica de
Barcelona. Cuando hablaban de él (escuetamente y con cierta timidez), lo
describían como un ser extraño, desarraigado de la familia y totalmente opuesto
al carácter abierto y jovial de mi padre.
También la familia de
mi madre se ocultaba, pero no entre nebulosas sino entre reproches. Su origen
era madrileño y, por quedarse huérfana muy niña (mis abuelos se ahogaron en un
lago suizo mientras hacían un viaje de placer), había vivido en casa de unos
tíos con los que había suspendido toda clase de relaciones por lo mal que se
portaron con ella: “Se oponían a mi boda”, alegaba mi madre para justificar la
ruptura. “Decían que tu padre era poco para mí.” El tío Rodolfo aclaraba: “Tu
madre pertenecía a la nobleza.” Eso era bastante razonable. En aquella época
los aristócratas guardaban distancias enormes con ciertas clases sociales. “Así
que ya lo sabes, Carlitos: cuando seas mayor podrás rehabilitar un título.”
Pero cada vez que el tío Rodolfo rozaba aquel tema, se le ponía la cara como de
parodia y de los ojos le brotaba una guasa que desmentía rotundamente aquella
posibilidad. Para él, el hecho de rehabilitar un título era siempre un acto
grotesco propio de mentes atrofiadas por la vanidad. Y yo, inconscientemente,
me asociaba a su escepticismo. El apellido de mi madre (altisonante y
castellano) me dejaba frío, y los miembros de mi aristocrática familia me
tenían sin cuidado. Al fin y al cabo, España entera estaba llena de Ruices. ¿Qué
importancia podía tener que uno de los innumerables Ruiz hubiera parado en aristócrata?
Esa forma de pensar me la imbuía el tío Rodolfo: no podía remediarlo. La
nobleza, para él, debía medirse por otro rasero: el de la “honestidad”, el de
la “hidalguía laboral”, y ningún título podía ser más importante que un título
universitario. “A mí que no me den memos con tratamiento de excelencia.
Prefiero un barrendero con garantías de señor.”
Desconozco el origen
del tío Rodolfo, pero aunque presumía de catalán, se llamaba Tramacho. Cuando
mi madre hablaba de él con la vecina, solía decir: “El doctor Tramacho.”
Probablemente a él le hubiera gustado llamarse “Poch” o “Casáis”, o “Fontanals”,
pero apechugaba con su apellido porque no le quedaba otro remedio.
Parece que lo estoy
viendo hablando de política con don Alberto (otro catalán con apellido
castellano), saboreando el queso que mi madre guardaba para él en el aparador,
o revisando el botiquín de nuestra casa, que, gracias a él, estaba en todo
momento repleto y bien abastecido. Casi siempre se refería a los esfuerzos que
mi madre desplegaba para hacer de mí un hombre. También él cooperaba. Eran unos
esfuerzos sesudos, casi irritantes de puro asiduos. Acaso un poco deshonestos.
(Años más tarde averigüé que tampoco él tenía fortuna y que el dinero que
gastaba con nosotros distaba mucho de pertenecerle.) Pero entonces aquel despliegue
de generosidades se me antojaba normal y, de haberse malogrado, mi vida hubiera
constituido una pura frustración.
A pesar de todo
(acaso para cubrir apariencias), mi madre trabajaba. Cosía para la gente
elegante y tenía ocupadas todas las tardes. Las mañanas las reservaba para
limpiar la casa y servirle al tío Rodolfo el queso que sólo ella sabía
encontrar en los vericuetos misteriosos de la Barcelona antigua. Cuando se
ausentaba, yo quedaba al buen recaudo de la vecina. “Los tiempos están muy
malos y hay que aprovechar todo lo que caiga —decía aquélla—. Por eso tú,
cuando seas mayor, debes estudiar mucho, Carlitos: algún día tendrás que
devolverle a tu madre todo lo que está haciendo por ti.” Yo soñaba ya con ese
día. Lo venía asimilando desde siempre entre desarrollos, digestiones y
rebeldías. Me veía taladrando muros, escalando peldaños, buceando en aguas profundas
para tocar el fondo... También la vecina (lo sé), también la vecina contribuyó
a acrecentar mi “sana” ambición (ese sentimiento que algunos confunden con
dignidad), y a espolear mis ímpetus, y a concentrar las peculiaridades de mi
semilla, la que luego, cuando creciese, debía esparcir por la tierra que los
mayores habían roturado.
Los domingos eran
alegres. Tenían la alegría de saber a mi madre “toda para mí”. (Curioso que en
aquella época yo deseara tanto su compañía.) Fue mucho más tarde cuando su
presencia me resultó insufrible. El fenómeno se produjo imperceptiblemente.
Resultó una transición lenta. De pronto descubrí que sus labios estaban siempre
húmedos y que sus axilas despedían un olor acre y desagradable, que su cogote
era un muro rígido de lamentaciones sofocadas y que, salvo su belleza, nada en
ella resultaba atractivo. Pero entonces yo no veía ni olía más que su
perfección. Por eso resultaba tan deseable y necesaria.
Después de oír misa,
nos metíamos en un tranvía y nos íbamos al Tibidabo. Desde allí contemplábamos
la ciudad (casi siempre envuelta en niebla), los montes despoblados, el mar sin
horizonte y los barcos difuminados por la distancia y la bruma. “Bonito,
¿verdad, Carlitos?” Era agradable oírle decir “Carlitos” a mi madre. Y, sobre
todo, era agradable saber que el tío Rodolfo nos esperaba allá, junto a la
balaustrada, con su sombrero calado y el cuello del abrigo alzado para proteger
del frío sus orejas. “Fíjate bien en lo que estás viendo, Carlitos: cuando
crezcas todo será distinto y te gustará recordarlo tal como es ahora...” Pero
aunque lo recuerdo ya no veo nada, como lo veía entonces... Es imposible. Las
cosas mueren cuando se modifican. Por eso mi recuerdo es tan vago, y por eso,
a veces, quisiera derribar el torreón de Can Pou: para olvidarlo, para
convertirlo en un cadáver, como aquel paisaje. “Llegará un momento en que tal
vez necesites evocar esos montes vacíos.” El tío Rodolfo aseguraba que las
ciudades crecían tanto, que cuando menos se esperaba ya no tenían afueras (al
menos las que siempre se habían considerado como tales), ni descampados, ni
zonas montañosas, con árboles capaces de prestar vigor y salud. “Por eso,
cuando las ciudades crecen demasiado, se vuelven enclenques.” Era su teoría.
Entonces la mayoría de la gente de aquella época emitía vulgaridades como
catedrales, pero todo lo que aquel hombre decía, me parecía importante.
Un día, mirando la
ciudad bajo un sol estallante, y apoyados los tres en la balaustrada, me
comunicó solemnemente: “Pronto irás al colegio.” Y se miraron los dos con los
ojos abiertos, elocuentes. Recuerdo que la luz daba de lleno en las contraídas
pupilas del tío Rodolfo y las bolsas bajo sus párpados se le arrugaban como
globitos deshinchados. “Será un colegio de pago, naturalmente.”
Hablaba como si yo no
estuviera allí y se dirigiera exclusivamente a mi madre. Tal vez por ese
motivo ella frunciera el entrecejo y hurtara su rostro a mi inspección. Fingía
contemplar el mar (aquel día tenía horizonte), el cielo, los barcos... Y yo
veía su escorzo; únicamente su escorzo. “Carlitos es inteligente como su padre
—dijo—; estoy segura de que tendrá buenas notas.” Otra vez sacaban a relucir el
muerto de la fotografía. Otra vez la esquela, la sonrisa desvaída, y el
vago recuerdo de su bigote cosquilleando mi mejilla.
Mi madre daba por
hecho que yo sacaría mis estudios adelante a fuerza de becas: “Todos los
Hondero fueron inteligentes. Hasta el tío Baltasar, con ser tan raro, tenía
fama de sabio.”
Ahora sé que todo
aquel palabreo era una simple añagaza, una excusa para desviarme de la
verdadera cuestión. Debían adelantarse a mis posibles lucubraciones y recelos.
Debían rellenar los huecos, antes que mi imaginación los rellenara. A lo largo
de los años he comprendido que mi porvenir dependía íntegramente del tío
Rodolfo. Sin embargo, era esencial que, en aquellos momentos, yo no maliciara
sospechas, ni conociera orígenes. Por eso discurrían de aquel modo.
Efectivamente, cuando
empezó el curso escolar, yo ingresé en el colegio. Mis compañeros eran hijos de
burgueses ricos, y alguno de ellos pertenecía a la aristocracia. Aunque allí
se respiraba un nítido tufo a derechas, éramos todavía demasiado jóvenes para
comprender las luchas de clases. Lo único que contaba era la propia valía y
las ganas de estudiar.
Yo las tenía. No fue
difícil destacar. Cuando, por las causas que fuere, me entraba la tentación de
flaquear, me repetía a mí mismo que, siendo un Hondero, no podía permitirme el
lujo de actuar como un vainazas, y que a costa de lo que fuera debía hacer
honor a mi apellido. Durante toda mi vida había ido yo empapándome de aquella
servidumbre (probablemente eso que llaman talento suele condicionarse a lo que
nos han hecho creer en la infancia) y acabé por esclavizarme a ella. Me
entraba una urgencia grande de llegar a los primeros puestos. De algún modo
debía sosegar mis apremios (los que me habían forjado mi madre y el tío
Rodolfo); pero, sobre todo, debía justificar mi apellido (el de mi padre y el
del tío Baltasar) y también dar paso a las perspectivas aglutinadas en la
mente durante años y años en las soledades infantiles que la vecina
custodiaba.
En cierta ocasión, el
Rey visitó el colegio. Aquel día hubo comida extraordinaria tras de la reunión
en la sala de actos. Los alumnos aventajados (entre los que me incluyeron)
formábamos una fila aparte. El padre Celestino (entonces prefecto de la comunidad)
nos advirtió:
— Desfilarán ustedes
ante Su Majestad y le estrecharán la mano.
Parece absurdo que un
detalle tan parvo hubiera podido resultar importante. Pero lo fue. La vida
está llena de menudencias como aquélla, que de momento impresionan y luego,
cuando se evocan, parecen puntos, motas, escarchas disueltas o evaporadas. Sin
embargo, aquel día hasta mi madre (tan republicana) dio muestras de emoción.
— ¿Te das cuenta,
Carlitos? El Rey ha estrechado tu mano.
Para hacerme el
hombre me encogí de hombros:
— ¿Y eso qué tiene de
particular? Al fin y al cabo es como todos.
El tío Rodolfo dejó
escapar una de sus habituales carcajadas: tenía ese tipo de risa contagiosa,
sonora y taladrante que parecía abarcar la casa entera.
— El
chico tiene razón, Remedios. Así me gusta, Carlitos: no hay que dejarse
alucinar por cosas tan fútiles como ésa.
Sin embargo,
impresionaban. También impresionan hoy día los coches aerodinámicos, y las
viviendas elegantes y las sonrisas que nos dedican los que están en la cumbre.
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