Introducción
No lo puedo creer. La última vez que hice esto tenía un sacerdote
enfrente. Y tenía una maleta llenísima de dólares, lista para salvarme del
Infierno. ¿Sabes, Diablo Guardián? Te sobra cola para sacerdote, y aun así tendría
que mentirte para que me absolvieras. Tú, que eres un tramposo, ¿nunca sentiste
como que se te agotaban las reservas de patrañas? Ya sé que me detestas por
decirte mentiras, y más por esconderte las verdades. Por eso ahora me toca
contarte la verdad. Enterita, ¿me entiendes? Escríbela, revuélvela, llénala de
calumnias, hazle lo que tú quieras. No es más que la verdad, y verdades ya ves
que siempre sobran. Señorita Violetta, ¿podría usted contarnos qué tanto hay de
verdad en su cochina vida de mentiras? ¿Qué hay de cierto en la witch
disfrazada de bitch, come on sugar darling let me scratch your itch? Puta
madre, qué horror, no quiero confesarme.
Ave María Purísima: me acuso de ser yo por todas partes. O sea de
querer siempre ser otra. Y hasta peor: conseguirlo, ¿ajá? Me acuso de bitchear,
witchear y rascuachear, de ser barata como vino en tetrapak, y al mismo tiempo
cara, como cualquier coatlicue traicionera. Me acuso de haber robado, no una ni
dos veces sino a toda hora y en todo lugar, como chingado pacman cocainómano.
Me acuso de acusar al confesor por mis pecados, y de haberlo nombrado Demonio
de Mi Guarda sin siquiera explicarle la clase de alimaña que estaba
contrayendo. Porque a mujeres como yo no las conoces; las contraes. Como los
matrimonios y las enfermedades y las deudas. Ay, mi Diablo Guardián: Dios te lo
pague.
El Señor esté con vosotros... El
sepelio es el fin de la primera persona. Una ocasión pomposa donde unos cuantos
ellos despiden a otro yo de su nosotros, a la vez que lo envían a otro ellos,
más hondo e insondable. Ellos: los que no están, ni van a estar. Los que, si un
día estuvieran, nos harían correr despavoridos. ¿o no es así, despavoridos como
dicen que corren los que huyen de los muertos? Lo más fácil, e incluso lo más
lógico, sería que enterrásemos a nuestros difuntos en el jardín de la que fue
su casa. Pero entonces ya nadie se sentiría en su casa, ni en su mundo, sino
sólo en el de ellos.- los temibles difuntos-, a quienes conducimos al panteón
para poner entre ellos y nosotros no sólo tierra, sino de preferencia un mundo
de por medio. Por más que añoremos a nuestros muertos, no queremos estar ni un
instante en su mundo. Ni respirar su aire, ni mirar su paisaje.
Desde la cripta de la familia
Macotela, camuflado por el olvido de los vivos, Pig divide el paisaje de tumbas
sobre tumbas sobre tumbas en dos: a izquierda y a derecha de la mole blanca:
una grandilocuente cripta en condominio a cuyo borde abre las alas una gran paloma,
entre chispas doradas que acusan la presencia de la Tercera Persona de la
Trinidad. Son cinco pisos, con nueve bóvedas en cada uno: cuarentaicinco
departamentos, amparados por el titulo impreso entre el cuarto y el quinto
piso:
“Hijos Predilectos del Espíritu Santo”
Ocho criptas vacías: en ninguna
cabría entero un muerto, pero sí las cenizas de varios. Cuarentaicinco menos
ocho igual a treintaisiete. ¿Cuántas urnas por cripta? Cuatro, tal vez. Cuatro
por treintaisiete igual a ciento cuarentaiocho. Eso, claro, si las que están
ocupadas tienen ya sus cuatro. Potencialmente, la cripta en condominio podría
albergar hasta ciento ochenta inquilinos. Pig calcula: un metro de profundidad
por diez de ancho. Diez metros cuadrados. Es decir, a dieciocho difuntos por
metro cuadrado. La familia Macotela, en cambio, posee un espacio que Pig estima
en cuando menos tres por cuatro: doce metros cuadrados, todos ellos en honor a
los cuatro inquilinos que para siempre y a sus anchas reposan en el sótano,
cada uno con tres metros cuadrados de terreno a su disposición, en dos cómodas
plantas. Por ahí de las cinco de la tarde de un lunes soleado que se mira
sombrío a través de los vidrios opacos de la cripta Macotela, Pig concluye que
una mujer como Violetta jamás toleraría -ni muerta, ni en cenizas- terminar sus
días en ese palomar, soportando además el tácito desdén de los señores
Macotela, condenados a contemplar a perpetuidad el paisaje de la miseria
encaramada sobre sí misma. ¿Quién iba a convencer a Violetta de la predilección
de la Tercera Persona del Verbo -quien es pero no es una paloma- por lo que a
todas luces era un palomar? ¿Tiene acaso mal gusto el Espíritu Santo?.
Pig sofoca una risa nerviosa, inoportuna, estúpida. Podría andar
por ahí un enterrador, un aguador, un deudo: nadie quiere escuchar risas
idiotas saliendo de las criptas. Con frecuencia se ríe de chistes malos,
insulsos, como si todo el acto de reírse fuese una suerte de certificación: Ah,
ya entiendo. ¿Qué es lo que Pig entiende, en este caso? Concretamente, que no
todos los fans de la Tercera Persona del Verbo tienen acceso a su camerino. Y
entonces se le ocurre que Violetta no dudaría en tachar hijos y escribir en su
lugar siervos, ni en un rato después volver para tachar siervos y escribir
criados. Pero ¿qué no un cristiano de verdad humilde tendría que considerarse
criado, antes que siervo?.
Cuando los vio venir, Pig llevaba tres horas esperando. Entró poco
antes de las dos de la tarde, aprovechando el vuelo bajo de un avión para darle
el jalón a la llave de cruz, y así probar el choque eléctrico del miedo tras el
estruendo sordo del pestillo al quebrarse. Se habían roto las bisagras, además.
En todo caso desde afuera no se notaba. La puerta se abría sola, pero Pig la
cerró a fuerza de atorarla con la misma oficiosa herramienta.
Pasada medianoche, había llamado a la casa de la familia. La madre
se quejó, pero apenas le mencionó la palabra "procuraduría", su tono se hizo
abruptamente dócil, y hasta obsequioso. Le dio todos los datos: el panteón, la
sección, la cripta, la hora del sepelio: cinco de la tarde. Suficiente para
estar ahí a tiempo, pero no todavía para no ser visto: cosa difícil un lunes
por la tarde, cuando las tumbas están casi tan solas como de noche, y las raras
visitas son más que notorias. Por eso Pig llegó tres horas antes, y no bien
hubo reventado la chapa se tendió sobre los primeros escalones que llevan hacia
el sótano, tras los cristales convenientemente oscuros de Chez Macotela: una
trinchera tétrica que lo obliga a mirar todo el tiempo hacia arriba y hacia
afuera. Desde entonces ha dedicado los minutos a contar las cruces en ambos
lados del paisaje, a calcular la cantidad de criptas necesarias para enterrar a
todos los habitantes de la ciudad, a imaginar los más probables comentarios de Violetta,
y entonces cada vez ha vuelto a los números, como niño perdido a las faldas de
su abuela. Cuando uno se ha quedado solo entre los muertos, decidido a fisgar
un entierro al que no fue invitado, las matemáticas acuden como legitimas
enviadas del Espíritu Santo.
Un entierro sin tierra, ni ataúd, ni gusanos; un encierro, más
bien. No quería perderse los detalles, ni podía correr el riesgo de que lo
vieran. El único peligro inevitable era que un deudo de los Macotela -muertos
hacia treinta, cuarenta años- tuviera la fatal ocurrencia de ir a visitarlos en
la tarde del lunes. ¿Se es todavía deudo luego de cuatro décadas del trágico
suceso? Con tan escasos momios en su contra, Pig terminó por apreciar el
privilegio de los Macotela sobre los Hijos Predilectos del Espíritu Santo.
Especialmente luego de verlos venir: dos, cuatro, ocho en total. La familia
Rosas, más dos enterradores -o encerradores-, el sacerdote y su ayudante. Un
cortejo discreto y breve.- dos calificativos que igual describen a un sepelio que
al ánimo de pronto amedrentado de quienes prefirieron asistir sin otras
compañías al evento.
No podía escucharlos. Se interponían el cristal y los nueve o diez
metros que alejaban al multifamiliar del mausoleo. A cambio, los miraba con una
nitidez obscena, y en momentos dudaba si no lo habían visto. El padre iba
cargando la urna, la madre un oso de peluche rosa. Atrás, los dos hermanos
caminaban con las manos metidas en las bolsas de las chamarras: Miami Dolphins,
Dallas Cowboys.
Pig volvía a sentir las ganas de reírse, porque quizás con una
carcajada histérica y adolorida lograría vencer los agobios que oprimen a la
primera persona del singular cuando lleva tres horas oculta entre los muertos,
y acto seguido es invitada a presenciar una escena que sería insoportable si no
fuera, antes que eso, patética. Ya Violetta se había cansado de acusarlos:
rehenes permanentes de la opinión ajena. Especialmente en ese trance, con sus
caras de no soy yo el que está aquí con el dolor vestido a tiempo de pudor, a
su vez disfrazado, aunque jamás a tiempo, de una dignidad meramente decorativa.
Una dignidad rosa mexicano, con los ojos perpetuamente abiertos y el peluche
radiante de los muñecos que jamás llegaron a las manos de un niño. Porque el
oso era nuevo, eso seguro. ¿Quién sería, sin embargo, lo suficientemente cínico
para indagar en el peluche del muñeco, cuando ya su presencia invita a quitarse
el sombrero, persignarse, pensar, expropiar pesadumbre? (Pero Pig está allí sin
estar. Mira los movimientos y los gestos de los deudos como quien ve a través
de un vidrio empañado: percibiendo figuras y colores inconexos, como sueños
espesos y enrarecidos, pero de rato en rato vuelve a enfocar el oso de peluche.
Hasta que ve a la madre dar un paso hacia el hueco en la cripta y acomodar allí
el osito, recargado en la urna. Luego la ve sacar una caja negra y blanca -¿un
casete?- y pasarla lenta, pomposamente al otro lado de la urna.)
Toda la ceremonia duró quince minutos. Si Pig hubiese estado
filmando aquella escena, probablemente se habría concentrado en el osito, luego
una toma lenta sobre las expresiones de piedra de los deudos, y al final otra
vez el osito, justo antes de que lo cubriera para siempre la losa:
Rosa
del Alba Rosas Valdivia (1973 - 1998)
“Para siempre”: Pig no estaba dispuesto a permitirlo. Porque Pig
ya no piensa más en el osito, ni en la urna, ni en los deudos, como en la sola
circunstancia que de un instante a otro le ha jodido el sosiego: ¿Qué hay en
ese casete? ¿Las Mañanitas, Las Golondrinas, La Martina, la voz arrepentida de
Rosa del Alba Rosas Valdivia? Desde que vio la caja y advirtió que si, es un
casete, le ha ido creciendo dentro un temblor que tardó casi nada en llegar a
las manos, las rodillas, la quijada. Un miedo intrépido, por fatalista. El
miedo de quien sabe que pase lo que pase va a hacer lo que va a hacer: ese
osito podrá quedarse para siempre sin un niño que lo abrace por las noches,
pero Pig no tolera ni la idea de salir del panteón sin esa cinta. ... y con tu
espíritu, alcanza a leer Pig en los labios de los deudos, los mira santiguarse,
fisgar hacia los lados y hacia atrás: comprobar con alivio la madre, luego el
padre, la ausencia de testigos indeseables (con excepción del yo que, oculto
entre ellos, profana en la penumbra su nosotros).
¿Yo? -duda
Pig, no bien ha recordado su calidad de fantasma, su papel de testigo, sus
ganas incumplidas de llorar a gritos, y entiende que esta historia no admite
más primera persona que Violetta. Su Violetta.
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