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Colgantes velos se tienden
entre la mujer en su estuche y los demás, que también tienen casas propias y
propiedades. Incluso los pobres tienen sus casas, en las que congregan sus
rostros cordiales, sólo lo que no cambia los separa. En esta situación reposan:
remitiendo a sus vínculos con el director, que, mientras respire, es su padre
eterno. Este hombre, que les dosifica la verdad como si fuera su aliento, con
tal naturalidad reina, ya tiene bastante de las mujeres alas que llama con
poderosa voz, sólo precisa ésta, la suya. Es tan inconsciente como los árboles
que le rodean. Está casado, lo que representa un contrapeso a sus placeres. Los
cónyuges no se avergüenzan el uno del otro, ríen y son y eran todo para ellos.
El sol del invierno es ahora
pequeño, y deprime a toda una generación de jóvenes europeos que aquí crece o
viene a esquiar. Los hijos de los trabajadores del papel: podrían reconocer el
mundo a las seis de la mañana, cuando entran al establo y se convierten en
crueles extranjeros para los animales. La mujer va a pasear con su hijo.
Ella sola vale por más de la mitad de todas las almas del lugar, la otra mitad
trabaja en la fábrica de papel, a las órdenes del marido, una vez que ha sonado
el aullido de la sirena. Y los hombres se atienen con precisión a lo que se les pone
por delante. La mujer tiene una cabeza grande y despejada. Lleva fuera una hora
larga con el niño, pero el niño, borracho de luz, prefiere volverse insensible
haciendo deporte. Apenas se le pierde de vista, arroja sus pequeños huesos a la
nieve, hace bolas y las lanza. El suelo brilla de sangre recién vertida. En el
camino nevado, desparramadas plumas de pájaro. Una marta o un gato han
representado su drama natural: reptando a cuatro patas, un animal ha sido
devorado. El cadáver ha desaparecido. La mujer ha venido de la ciudad aquí,
donde su marido dirige la fábrica de papel. El marido no se cuenta entre los
habitantes, él cuenta por sí solo. La sangre salpica el camino.
El marido. Es un espacio
bastante grande, en el que aún es posible hablar. También el hijo tiene que
empezar ya a estudiar violín. El director conoce a sus trabajadores, no uno por
uno, pero conoce su valor global, buenos días a todos. Se ha formado un
coro de la empresa, que se mantiene con donativos, para que el director pueda
dirigirlo. El coro se desplaza en autobuses, para que la gente pueda decir
que fue una cosa única. Para ello, a menudo tienen que hacer una gira por las
pequeñas ciudades del entorno, llevar a pasear sus mal medidos compases y sus
desmedidos deseos ante los escaparates provincianos. En las salas el coro se
presenta de frente, dando la espalda a las esquinas de los mesones en que
actúa. También al pájaro, cuando vuela, se le ve solamente desde abajo. Con
paso grave y trabajoso, los cantores fluyen del autocar alquilado, que
emana sus vapores, y prueban sus voces al sol. Las nubes de canto se elevan bajo
la envoltura del cielo cuando los prisioneros son presentados. Entretanto sus
familias se quedan en casa, sin el padre y con pocos ingresos. Comen salchichas
y beben cerveza y vino. Dañan sus voces y sus sentidos, porque ambas cosas las emplean
irreflexivamente. Lástima que vengan de abajo, una orquesta de Graz podría
sustituir a cada uno de ellos, aunque también apoyarlos, según el humor de que
estuviera. Esas voces horriblemente débiles, tapadas por el aire y el tiempo.
El director quiere que vayan a implorarle ayuda con sus voces. Incluso los que
valen poco pueden hacer una gran carrera con él si llaman su atención desde el
punto de vista musical.
El coro es cuidado como hobby del
director, los hombres están en sus corrales cuando no viajan. El director mete
incluso dinero propio cuando llega el momento de las sangrientas y apestosas eliminatorias de los
campeonatos provinciales. Garantiza, para sí y sus cantantes, una pervivencia
que vaya más allá del instante fugaz. Los hombres, esa obra sobre la tierra, y
quieren seguir construyéndola. Para que sus mujeres los sigan reconociendo en
sus obras se jubilen. Pero en los fines de semana, los dioses se vuelven
débiles. Entonces no se suben al andamio, sino al podio del bar, y cantan bajo
presión, como si los muertos pudieran volver y aplaudirles. Los hombres quieren
ser más grandes, y lo mismo quieren sus obras y valores. Sus edificaciones.
A veces la mujer
no está satisfecha con esas máculas que pesan sobre su vida: marido e hijo. El
hijo el vivo retrato del padre, un chico único, pero se deja fotografiar. Sigue
los pasos del padre, para poder también él llegar a ser un hombre. Y el padre
le presiona de tal modo con el violín, que le salen espumarajos de la boca. La
mujer responde con su vida de que todo vaya bien, y se sientan bien juntos. A
través de esta mujer, el marido se ha proyectado hacia la eternidad. Esta mujer es de la mejor familia
posible, y se ha proyectado en su hijo.
El niño es
obediente, salvo en los deportes, donde puede llegar a ser violento y no se deja pisar por los amigos, que le han elegido, por
unanimidad, su escalera hacia el cielo del pleno empleo. Su padre no se puede evaporar, dirige la fábrica y su memoria,
en cuyos bolsillos hurga en busca de los nombres de los trabajadores que
intentan escabullirse del coro. El niño esquía bien, los niños del pueblo se
agostan como la hierba bajo sus esquíes. Están a la altura de sus zapatos. La
mujer, en su bata lavada cada día, ya no se sube a los esquíes, no, ofrece al
hijo ancla en su bienaventurada costa, pero el niño
escapa una y otra vez, para llevar su fuego a los
pobres habitantes de las casas pequeñas. Su entusiasmo los debe contagiar.
Quiere recorrer la tierra con su hermoso
ropaje. Y el padre se hincha como la vejiga de un cerdo, canta, toca, grita,
jode. Al coro lo arrastra a su voluntad del campo a la montaña, de las
salchichas al asado, y canta a su vez. El coro no pregunta qué recibe por ello,
pero sus miembros nunca son tachados de la nómina. ¡La casa tiene unos muebles
tan claros, así se ahorra luz! Sí, sustituyen
la luz, y el canto aliña la comida.
El coro acaba de llegar. Viejos paisanos que
quieren escapar de sus mujeres, a veces incluso las propias mujeres con
sus tiesos rizos (¡el sagrado poder de los peluqueros locales, que aderezan a
las mujeres hermosas con una sabrosa pizca de permanente!). Han bajado de los
vehículos, y se toman el día libre. El coro no puede cantar sólo a base de luz
y aire. Con paso tranquilo, la mujer del
director se adelanta el domingo. En la colegiata, donde Dios, cuya esquemática
impresión en los cuadros indigna, habla con ella. Las viejas allí arrodilladas ya
saben cómo es. Saben cómo termina la historia, pero de lo de en medio no han
aprendido nada, por falta de tiempo.
Ahora, caminan apoyadas de estación a estación del rosario, sólo porque podrían en breve plazo
estar ante el padre eterno, el miembro de la unicidad, llevando en la mano como salvoconducto sus fláccidas pieles. Al final el tiempo se
detiene, y el oído se quiebra con el retumbar de la percepción de toda una vida. Qué hermosa es la Naturaleza en un parque,
y el canto en un mesón.
En medio de las
montañas que los entrenados deportistas vienen a visitar,
la mujer advierte que le falta un soporte firme, una
parada en la que poder esperar a la vida. La familia puede hacer mucho bien y
recoger el botín de los días festivos. Los más amados
rodean a la madre, se sientan juntos como benditos. La
mujer se dirige a su hijo, lo censura (tocino en el que pacen las larvas del amor) con su suave y delicado
gritar. Se preocupa por él, lo protege con sus suaves armas. Cada día
parece morir un poco más, cuanto más crece. Al hijo no le gustan las quejas de la madre, enseguida exige un regalo.
Intentan ponerse de acuerdo en esas breves negociaciones: a base de
juguetes y artículos deportivos. Ella se lanza cariñosa sobre el hijo, pero él se le escapa como sonoro manantial,
retumba en las profundidades.
Sólo tiene este hijo.
Su marido vuelve
de su despacho, y enseguida ella lo estrecha contra su cuerpo, para que los sentidos del hombre no se despierten. Resuena
música del tocadiscos y del barroco. Ser lo más uno posible con las
fotos en color de las vacaciones, no cambiar de un año para otro. Este niño no dice una
palabra cierta, sólo quiere marcharse con sus esquíes, se lo juro.
Fuera de las
horas de comer, el hijo habla poco con su madre, aunque ella lo cubre con un
manto de comida para conjurarle a hacerlo. La madre invita al niño a dar un
paseo, y paga por minuto, pues tiene que escuchar al niño de hermosa vestimenta. Habla
como la televisión, de laque se
alimenta. Ahora prosigue sin temor, pues hoy aún no ha visto el horror del
vídeo. Los hijos de la montaña se acuestan a veces a las ocho, mientras el
director, con manos hábiles, vuelve
a inyectar arte en su motor. ¿Y qué potente voz es la que hace levantar a los
rebaños en las praderas, todos juntos?
¿Y a los pobres cansados también, temprano, cuando miran
hacia la otra orilla, donde se alzan las casas de
veraneo de los ricos? Creo que se llama despertador de Radio 3, y suena grabado en cinta desde las seis, infatigable roedor que
nos devora desde temprano en la mañana.
En los cuartos
hitlerianos de las gasolineras, vuelven ahora a arrojarse los unos sobre los
otros, esos pequeños sexos en sus andadores, que se derriten en sus cucuruchos
como bolas de helado.
Tan rápido termina siempre, y tanto dura el trabajo y se alzan las montañas.
Estas gentes se pueden reproducir
fácilmente, mediante infinitas repeticiones. Esta jauría
hambrienta saca su sexo de las puertecillas que con sentido
práctico se ha puesto. Esta gente no tiene ventanas, para que sus parejas no puedan mirar por ellas. ¡Nos
tienen como a reses, y todavía nos
preocupa progresar!
En la tierra hay
senderos tranquilos. En la familia siempre se espera en vano, o se cae luchando
por conseguir ventaja. A la madre le dan seguridad los muchos esfuerzos, que el
niño, encorvado sobre el instrumento, vuelve a aniquilar. Los lugareños no son
de confianza, tienen que irse a dormir cuando en los deportistas empieza a
despertar la vida nocturna. El día es suyo y la noche es suya. La madre vigila
al niño, mientras está en los muros del hogar, para que no se divierta
demasiado. El niño no es muy aficionado a ese violín. En los anuncios, los que
piensan igual siguen tercamente su propio camino, para poder llenar mutuamente
su vaso. Se leen anuncios de contactos, y cada cual se alegra con la pequeña
luz que lanza a la oscuridad de un cuerpo ajeno. Se anuncian habilidosos
carpinteros de la vida, que piden permiso para poner sus pequeños estantes en los
oscuros nichos ajenos. ¡En realidad, uno no debería cansarse de sí mismo! El
director lee los anuncios, y encarga para su mujer, en el comercio especializado,
una hamaca en la que ella se pueda tender, de nylon rojo, con silenciosos
agujeros a través de los cuales las estrellas brillan.
Al marido no le
basta con una sola mujer, pero la enfermedad amenazante le frena a la hora de
sacar su aguijón y libar la miel. Un día se olvidará de que su sexo puede arrástralo,
y exigirá su parte de la cosecha: ¡Queremos diversión! ¡Queremos bifurcarnos en
nosotros mismos! Complicados, los anuncios yacen en sus colchones y describen
las sendas que recorren. Ojalá que sus hornos no se apeguen, no se extingan por
si solos y tengan que vivir decepciones. Al director no le basta con su mujer,
pero ahora él, un hombre público, se ve constreñido a este utilitario. Intenta
lo mejor: vivir y ser amado. Los hijos de los utilizados también trabajan en la
fábrica de papel (los atrae el material aún sin elaborar, aquello de lo que los
libros están hechos); tienen una forma fea. Las sirenas les tienen que cantar
para insuflarles vida. Pero al mismo tiempo son expulsados de la vida y caen
como cataratas, superfluos, desde la cumbre de sus ahorros.
El impuesto ya se les ha cobrado, y sus mujeres
les imponen, en su lugar, el rumbo al puerto seguro, que tanto
esfuerzo se tomaron los hombres en evitar y en minar. Son una vendimia de flacos sarmientos, y rápidamente se
hace una selección. En sus colchones, los atrapa un ansia mortal, y sus
mujeres son malogradas por su mano (o han de ser mantenidas por
la seguridad social). No son personas privadas, porque no tienen una casa hermosa;
solamente son lo que se ve de ellos, y lo que a veces se oye del coro. Nada
bueno. Pueden hacer muchas cosas al mismo tiempo, y sin embargo no revuelven el
agua en la piscina en laque la mujer del director se adapta a su traje de baño,
muy arriba en la escala de la Naturaleza, inconmensurablemente alto y lejos de
nosotros, los consumidores normales.
El agua es azul, y jamás se
calma. Pero el hombre vuelve a casa de su labor diaria. El gusto no es cosa de
todo el mundo. El niño tiene clase esta tarde. El director lo ha pasado todo a
ordenador, escribe él mismo los programas como hobby. No le gusta la
Naturaleza, el silencioso bosque no le dice nada en absoluto. La mujer abre la
puerta, y él advierte que nada es demasiado grande para su poder, pero tampoco
nada puede ser demasiado pequeño, de lo contrario es muy fácil de abrir. Su
deseo es sincero, se adapta a él como el violín a la barbilla de su hijo. Los
amores se encuentran muchas veces en casa, porque todo les sale del corazón y
se anuncia a plena luz del día. Ahora, el hombre querría estar a solas con su
divina mujer. La gente pobre tiene que pagar antes de poder tumbarse a la
orilla.
Ahora, la mujer
no tiene tiempo ni de cerrar los ojos. El director no asiente cuando ella
quiere ir a la cocina y preparar algo. La toma, decidido, por el brazo. Antes
quiere llamarla a sus obligaciones, para eso ha cancelado dos entrevistas. La
mujer abre la boca para disuadirle. Piensa en su fuerza y vuelve a cerrar la
boca. Este hombre tocaría su melodía hasta en el seno de las rocas, tensaría
resonante el violín y el miembro. Una y otra vez suena esta canción, este ruido
atronador, tan sorprendentemente terrible, acompañado de miradas de disgusto. La mujer no tiene el coraje de negarse, vaga indefensa. El hombre siempre está
dispuesto y satisfecho de sí mismo. Un día de diversión se lo toman los pobres
y los ricos, pero por desgracia los pobres no se lo dan a los ricos. La mujer
ríe nerviosa cuando el hombre, todavía con el abrigo puesto, se desabrocha con
intención. No se desabrocha para dejar su rabo en suspenso. La mujer ríe fuerte,
y se tapa la boca con la mano, azorada. La amenaza con golpes. En ella resuena el
eco de la música del tocadiscos, donde sus sentimientos y los de otros giran en
la forma de Johann Sebastián Bach, adecuadísimo para el
goce humano. El hombre se destaca entre sus espinas de pelo
y de ardor. Así se agigantan los hombres y sus obras, que pronto vuelven a caer
tras ellos.
Más seguros
están los árboles del bosque. El director habla tranquilamente
de su coño y de cómo se lo piensa abrir. Está como
borracho. Sus palabras titubean. Con la mano izquierda, sujeta por la cintura a
la mujer y le saca, por decirlo suavemente, la bata de casa por la cabeza. Ella se agita ante el peso pesado. Él maldice en
voz alta sus panties, que hace ya mucho tiempo que le ha prohibido. Las
medias son más femeninas y aprovechan mejor los agujeros, cuando no crean otros nuevos. Enseguida piensa apurar a
fondo a la mujer por lo menos dos veces, anuncia.
Las mujeres,
alimentadas con esperanzas, viven del recuerdo, los hombres, en cambio, del
instante, que les pertenece y, cuidado con mimo, se puede descomponer en un
montoncillo de tiempo que también les pertenece. De noche tienen que dormir, ya
que no pueden repostar. Son puro fuego, y se calientan (ellos mismos) en
pequeños recipientes. Es sorprendente, esta mujer toma píldoras en
secreto; él nunca apaciguado corazón del hombre no permitiría que de su tanque siempre lleno no se pudiera servir vida.
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