sábado, 31 de diciembre de 2011

DESEO (Elfriede Jelinek)


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Colgantes velos se tienden entre la mujer en su estuche y los demás, que también tienen casas propias y propiedades. Incluso los pobres tienen sus casas, en las que congregan sus rostros cordiales, sólo lo que no cambia los separa. En esta situación reposan: remitiendo a sus vínculos con el director, que, mientras respire, es su padre eterno. Este hombre, que les dosifica la verdad como si fuera su aliento, con tal naturalidad reina, ya tiene bastante de las mujeres alas que llama con poderosa voz, sólo precisa ésta, la suya. Es tan inconsciente como los árboles que le rodean. Está casado, lo que representa un contrapeso a sus placeres. Los cónyuges no se avergüenzan el uno del otro, ríen y son y eran todo para ellos.

El sol del invierno es ahora pequeño, y deprime a toda una generación de jóvenes europeos que aquí crece o viene a esquiar. Los hijos de los trabajadores del papel: podrían reconocer el mundo a las seis de la mañana, cuando entran al establo y se convierten en crueles extranjeros para los animales. La mujer va a pasear con su hijo. Ella sola vale por más de la mitad de todas las almas del lugar, la otra mitad trabaja en la fábrica de papel, a las órdenes del marido, una vez que ha sonado el aullido de la sirena. Y los hombres se atienen con precisión a lo que se les pone por delante. La mujer tiene una cabeza grande y despejada. Lleva fuera una hora larga con el niño, pero el niño, borracho de luz, prefiere volverse insensible haciendo deporte. Apenas se le pierde de vista, arroja sus pequeños huesos a la nieve, hace bolas y las lanza. El suelo brilla de sangre recién vertida. En el camino nevado, desparramadas plumas de pájaro. Una marta o un gato han representado su drama natural: reptando a cuatro patas, un animal ha sido devorado. El cadáver ha desaparecido. La mujer ha venido de la ciudad aquí, donde su marido dirige la fábrica de papel. El marido no se cuenta entre los habitantes, él cuenta por sí solo. La sangre salpica el camino.

El marido. Es un espacio bastante grande, en el que aún es posible hablar. También el hijo tiene que empezar ya a estudiar violín. El director conoce a sus trabajadores, no uno por uno, pero conoce su valor global, buenos días a todos. Se ha formado un coro de la empresa, que se mantiene con donativos, para que el director pueda dirigirlo. El coro se desplaza en autobuses, para que la gente pueda decir que fue una cosa única. Para ello, a menudo tienen que hacer una gira por las pequeñas ciudades del entorno, llevar a pasear sus mal medidos compases y sus desmedidos deseos ante los escaparates provincianos. En las salas el coro se presenta de frente, dando la espalda a las esquinas de los mesones en que actúa. También al pájaro, cuando vuela, se le ve solamente desde abajo. Con paso grave y trabajoso, los cantores fluyen del autocar alquilado, que emana sus vapores, y prueban sus voces al sol. Las nubes de canto se elevan bajo la envoltura del cielo cuando los prisioneros son presentados. Entretanto sus familias se quedan en casa, sin el padre y con pocos ingresos. Comen salchichas y beben cerveza y vino. Dañan sus voces y sus sentidos, porque ambas cosas las emplean irreflexivamente. Lástima que vengan de abajo, una orquesta de Graz podría sustituir a cada uno de ellos, aunque también apoyarlos, según el humor de que estuviera. Esas voces horriblemente débiles, tapadas por el aire y el tiempo. El director quiere que vayan a implorarle ayuda con sus voces. Incluso los que valen poco pueden hacer una gran carrera con él si llaman su atención desde el punto de vista musical.

El coro es cuidado como hobby del director, los hombres están en sus corrales cuando no viajan. El director mete incluso dinero propio cuando llega el momento de las sangrientas y apestosas eliminatorias de los campeonatos provinciales. Garantiza, para sí y sus cantantes, una pervivencia que vaya más allá del instante fugaz. Los hombres, esa obra sobre la tierra, y quieren seguir construyéndola. Para que sus mujeres los sigan reconociendo en sus obras se jubilen. Pero en los fines de semana, los dioses se vuelven débiles. Entonces no se suben al andamio, sino al podio del bar, y cantan bajo presión, como si los muertos pudieran volver y aplaudirles. Los hombres quieren ser más grandes, y lo mismo quieren sus obras y valores. Sus edificaciones.

A veces la mujer no está satisfecha con esas máculas que pesan sobre su vida: marido e hijo. El hijo el vivo retrato del padre, un chico único, pero se deja fotografiar. Sigue los pasos del padre, para poder también él llegar a ser un hombre. Y el padre le presiona de tal modo con el violín, que le salen espumarajos de la boca. La mujer responde con su vida de que todo vaya bien, y se sientan bien juntos. A través de esta mujer, el marido se ha proyectado hacia la eternidad. Esta mujer es de la mejor familia posible, y se ha proyectado en su hijo.

El niño es obediente, salvo en los deportes, donde puede llegar a ser violento y no se deja pisar por los amigos, que le han elegido, por unanimidad, su escalera hacia el cielo del pleno empleo. Su padre no se puede evaporar, dirige la fábrica y su memoria, en cuyos bolsillos hurga en busca de los nombres de los trabajadores que intentan escabullirse del coro. El niño esquía bien, los niños del pueblo se agostan como la hierba bajo sus esquíes. Están a la altura de sus zapatos. La mujer, en su bata lavada cada día, ya no se sube a los esquíes, no, ofrece al hijo ancla en su bienaventurada costa, pero el niño escapa una y otra vez, para llevar su fuego a los pobres habitantes de las casas pequeñas. Su entusiasmo los debe contagiar. Quiere recorrer la tierra con su hermoso ropaje. Y el padre se hincha como la vejiga de un cerdo, canta, toca, grita, jode. Al coro lo arrastra a su voluntad del campo a la montaña, de las salchichas al asado, y canta a su vez. El coro no pregunta qué recibe por ello, pero sus miembros nunca son tachados de la nómina. ¡La casa tiene unos muebles tan claros, así se ahorra luz! Sí, sustituyen la luz, y el canto aliña la comida.

El coro acaba de llegar. Viejos paisanos que quieren escapar de sus mujeres, a veces incluso las propias mujeres con sus tiesos rizos (¡el sagrado poder de los peluqueros locales, que aderezan a las mujeres hermosas con una sabrosa pizca de permanente!). Han bajado de los vehículos, y se toman el día libre. El coro no puede cantar sólo a base de luz y aire. Con paso tranquilo, la mujer del director se adelanta el domingo. En la  colegiata, donde Dios, cuya esquemática impresión en los cuadros indigna, habla con ella. Las viejas allí arrodilladas ya saben cómo es. Saben cómo termina la historia, pero de lo de en medio no han aprendido nada, por falta de tiempo. Ahora, caminan apoyadas de estación a estación del rosario, sólo porque podrían en breve plazo estar ante el padre eterno, el miembro de la unicidad, llevando en la mano como salvoconducto sus fláccidas pieles. Al final el tiempo se detiene, y el oído se quiebra con el retumbar de la percepción de toda una vida. Qué hermosa es la Naturaleza en un parque, y el canto en un mesón.

En medio de las montañas que los entrenados deportistas vienen a visitar, la mujer advierte que le falta un soporte firme, una parada en la que poder esperar a la vida. La familia puede hacer mucho bien y recoger el botín de los días festivos. Los más amados rodean a la madre, se sientan juntos como benditos. La mujer se dirige a su hijo, lo censura (tocino en el que pacen las larvas del amor) con su suave y delicado gritar. Se preocupa por él, lo protege con sus suaves armas. Cada día parece morir un poco más, cuanto más crece. Al hijo no le gustan las quejas de la madre, enseguida exige un regalo. Intentan ponerse de acuerdo en esas breves negociaciones: a base de juguetes y artículos deportivos. Ella se lanza cariñosa sobre el hijo, pero él se le escapa como sonoro manantial, retumba en las profundidades.

Sólo tiene este hijo.

Su marido vuelve de su despacho, y enseguida ella lo estrecha contra su cuerpo, para que los sentidos del hombre no se despierten. Resuena música del tocadiscos y del barroco. Ser lo más uno posible con las fotos en color de las vacaciones, no cambiar de un año para otro. Este niño no dice una palabra cierta, sólo quiere marcharse con sus esquíes, se lo juro.

Fuera de las horas de comer, el hijo habla poco con su madre, aunque ella lo cubre con un manto de comida para conjurarle a hacerlo. La madre invita al niño a dar un paseo, y paga por minuto, pues tiene que escuchar al niño de hermosa vestimenta. Habla como la televisión, de laque se alimenta. Ahora prosigue sin temor, pues hoy aún no ha visto el horror del vídeo. Los hijos de la montaña se acuestan a veces a las ocho, mientras el director, con manos hábiles, vuelve a inyectar arte en su motor. ¿Y qué potente voz es la que hace levantar a los rebaños en las praderas, todos juntos? ¿Y a los pobres cansados también, temprano, cuando miran hacia la otra orilla, donde se alzan las casas de veraneo de los ricos? Creo que se llama despertador de Radio 3, y suena grabado en cinta desde las seis, infatigable roedor que nos devora desde temprano en la mañana.

En los cuartos hitlerianos de las gasolineras, vuelven ahora a arrojarse los unos sobre los otros, esos pequeños sexos en sus andadores, que se derriten en sus cucuruchos como bolas de helado. Tan rápido termina siempre, y tanto dura el trabajo y se alzan las montañas. Estas gentes se pueden reproducir fácilmente, mediante infinitas repeticiones. Esta jauría hambrienta saca su sexo de las puertecillas que con sentido práctico se ha puesto. Esta gente no tiene ventanas, para que sus parejas no puedan mirar por ellas. ¡Nos tienen como a reses, y todavía nos preocupa progresar!

En la tierra hay senderos tranquilos. En la familia siempre se espera en vano, o se cae luchando por conseguir ventaja. A la madre le dan seguridad los muchos esfuerzos, que el niño, encorvado sobre el instrumento, vuelve a aniquilar. Los lugareños no son de confianza, tienen que irse a dormir cuando en los deportistas empieza a despertar la vida nocturna. El día es suyo y la noche es suya. La madre vigila al niño, mientras está en los muros del hogar, para que no se divierta demasiado. El niño no es muy aficionado a ese violín. En los anuncios, los que piensan igual siguen tercamente su propio camino, para poder llenar mutuamente su vaso. Se leen anuncios de contactos, y cada cual se alegra con la pequeña luz que lanza a la oscuridad de un cuerpo ajeno. Se anuncian habilidosos carpinteros de la vida, que piden permiso para poner sus pequeños estantes en los oscuros nichos ajenos. ¡En realidad, uno no debería cansarse de sí mismo! El director lee los anuncios, y encarga para su mujer, en el comercio especializado, una hamaca en la que ella se pueda tender, de nylon rojo, con silenciosos agujeros a través de los cuales las estrellas brillan.

Al marido no le basta con una sola mujer, pero la enfermedad amenazante le frena a la hora de sacar su aguijón y libar la miel. Un día se olvidará de que su sexo puede arrástralo, y exigirá su parte de la cosecha: ¡Queremos diversión! ¡Queremos bifurcarnos en nosotros mismos! Complicados, los anuncios yacen en sus colchones y describen las sendas que recorren. Ojalá que sus hornos no se apeguen, no se extingan por si solos y tengan que vivir decepciones. Al director no le basta con su mujer, pero ahora él, un hombre público, se ve constreñido a este utilitario. Intenta lo mejor: vivir y ser amado. Los hijos de los utilizados también trabajan en la fábrica de papel (los atrae el material aún sin elaborar, aquello de lo que los libros están hechos); tienen una forma fea. Las sirenas les tienen que cantar para insuflarles vida. Pero al mismo tiempo son expulsados de la vida y caen como cataratas, superfluos, desde la cumbre de sus ahorros.

El impuesto ya se les ha cobrado, y sus mujeres les imponen, en su lugar, el rumbo al puerto seguro, que tanto esfuerzo se tomaron los hombres en evitar y en minar. Son una vendimia de flacos sarmientos, y rápidamente se hace una selección. En sus colchones, los atrapa un ansia mortal, y sus mujeres son malogradas por su mano (o han de ser mantenidas por la seguridad social). No son personas privadas, porque no tienen una casa hermosa; solamente son lo que se ve de ellos, y lo que a veces se oye del coro. Nada bueno. Pueden hacer muchas cosas al mismo tiempo, y sin embargo no revuelven el agua en la piscina en laque la mujer del director se adapta a su traje de baño, muy arriba en la escala de la Naturaleza, inconmensurablemente alto y lejos de nosotros, los consumidores normales.

El agua es azul, y jamás se calma. Pero el hombre vuelve a casa de su labor diaria. El gusto no es cosa de todo el mundo. El niño tiene clase esta tarde. El director lo ha pasado todo a ordenador, escribe él mismo los programas como hobby. No le gusta la Naturaleza, el silencioso bosque no le dice nada en absoluto. La mujer abre la puerta, y él advierte que nada es demasiado grande para su poder, pero tampoco nada puede ser demasiado pequeño, de lo contrario es muy fácil de abrir. Su deseo es sincero, se adapta a él como el violín a la barbilla de su hijo. Los amores se encuentran muchas veces en casa, porque todo les sale del corazón y se anuncia a plena luz del día. Ahora, el hombre querría estar a solas con su divina mujer. La gente pobre tiene que pagar antes de poder tumbarse a la orilla.

Ahora, la mujer no tiene tiempo ni de cerrar los ojos. El director no asiente cuando ella quiere ir a la cocina y preparar algo. La toma, decidido, por el brazo. Antes quiere llamarla a sus obligaciones, para eso ha cancelado dos entrevistas. La mujer abre la boca para disuadirle. Piensa en su fuerza y vuelve a cerrar la boca. Este hombre tocaría su melodía hasta en el seno de las rocas, tensaría resonante el violín y el miembro. Una y otra vez suena esta canción, este ruido atronador, tan sorprendentemente terrible, acompañado de miradas de disgusto. La mujer no tiene el coraje de negarse, vaga indefensa. El hombre siempre está dispuesto y satisfecho de sí mismo. Un día de diversión se lo toman los pobres y los ricos, pero por desgracia los pobres no se lo dan a los ricos. La mujer ríe nerviosa cuando el hombre, todavía con el abrigo puesto, se desabrocha con intención. No se desabrocha para dejar su rabo en suspenso. La mujer ríe fuerte, y se tapa la boca con la mano, azorada. La amenaza con golpes. En ella resuena el eco de la música del tocadiscos, donde sus sentimientos y los de otros giran en la forma de Johann Sebastián Bach, adecuadísimo para el goce humano. El hombre se destaca entre sus espinas de pelo y de ardor. Así se agigantan los hombres y sus obras, que pronto vuelven a caer tras ellos.

Más seguros están los árboles del bosque. El director habla tranquilamente de su coño y de cómo se lo piensa abrir. Está como borracho. Sus palabras titubean. Con la mano izquierda, sujeta por la cintura a la mujer y le saca, por decirlo suavemente, la bata de casa por la cabeza. Ella se agita ante el peso pesado. Él maldice en voz alta sus panties, que hace ya mucho tiempo que le ha prohibido. Las medias son más femeninas y aprovechan mejor los agujeros, cuando no crean otros nuevos. Enseguida piensa apurar a fondo a la mujer por lo menos dos veces, anuncia.

Las mujeres, alimentadas con esperanzas, viven del recuerdo, los hombres, en cambio, del instante, que les pertenece y, cuidado con mimo, se puede descomponer en un montoncillo de tiempo que también les pertenece. De noche tienen que dormir, ya que no pueden repostar. Son puro fuego, y se calientan (ellos mismos) en pequeños recipientes. Es sorprendente, esta mujer toma píldoras en secreto; él nunca apaciguado corazón del hombre no permitiría que de su tanque siempre lleno no se pudiera servir vida.

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